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Columnas
El PAN acaba de quedarse sin candidato a la Presidencia para 2030, parecía nada lo detenía, sorteó la derrota ante López Obrador, el exilio, las amonestaciones en el Congreso, las críticas de los medios, las órdenes de aprehensión, su adiestramiento en Atlanta, pero el principal enemigo que lo saca de la carrera política es su verborrea.
El esfuerzo por hablar inglés mejor que un ranchero texano, le afectó para entender español a Ricardo Anaya, panista por raigambre intelectual, sin más recato que sus propias limitantes supuso un crimen de Estado, el perpetrado contra los dos funcionarios del gobierno de la Ciudad de México el martes 20 de mayo.
Al día siguiente trató de corregir y decir que había dicho que era un crimen contra el Estado mexicano lo que mostró, con mayor claridad que sabe algo o que entiende mejor el inglés que el español, o que su cultura política es nula.
Algunos panistas parecen pagarles por hablar, lo que sea pero deben hablar y esta vez podría haber consecuencias porque no fue poco lo que dijo ni cómo lo dijo.
Anaya no sabe lo que quieren decir las palabras, la ligereza con la que habla, asemeja una grabadora que repite en su mente las ordenes desde Atlanta, para hacer daño no sólo a Morena o a la 4T sino al país.
La imposibilidad de poder hablar por sí mismo lo saca de la carrera política. Sudiscurso suena como letanía de un catecismo aprendido sin convicción pero con mucho odio, ante un país que le dio la espalda con solo 22 por ciento de la votación en 2024. Además, sabe que en cualquier momento puede estar preso, no hace falta ni siquiera una votación en el Congreso para encerrarlo, la mayoría de Morena puede colocarlo tras las rejas con una votación rápida, y reactivar una serie de delitos que ha perpetrado y de los que hay evidencias suficientes.
Anaya forma parte de las voces más estridentes de la oposición, busca tener una coartada para que, a la hora que sea detenido y autodenominare perseguido político.
La Fiscalía General de la República mantiene acusaciones como haber recibido 6.8 millones de pesos en sobornos entregados por Emilio Lozoya, exdirector de Pemex. Además, por cohecho, lavado de dinero, asociación delictuosa, aceptación de sobornos, operaciones con recursos de procedencia ilícita; sin embargo, en el ámbito político no puede llamársele de otro modo que terrorista.
Su abogado, Eduardo Aguilar, lo ha salvado de las cuestiones legales, pero ni éste ni el prófugo, saben que los últimos acontecimientos pueden acelerar, radicalmente su estatus de prófugo a reo, más aún cuando se esmeró el senador panista en dar puntualmente su versión de los hechos, sobre un asesinato eminentemente político.
Anaya confunde el micrófono con un anzuelo.