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Columnas
Los seres humanos tendemos a pensar en términos heróicos y trágicos, en el sentido literario de ambas expresiones. Thomas Carlyle decía que la historia del mundo era la biografía de los grandes hombres (de los grandes hombres y mujeres, diría hoy). La implicación era que los individuos tenían un peso determinante en los acontecimientos que enmarcaban el ascenso y la caída de los reinos, las sociedades y las civilizaciones. La Revolución francesa, tal como ocurrió, sólo se explica por la presencia de Mirabeaud, Lafayette, Talleyrand y los otros. No hubiera pasado lo mismo, ni más o menos lo mismo, si sustituyésemos a esos tres personajes por Mr. Doctor, Jake Paul y Peso Pluma. Nada más no. Y el rol de aquellas personas extraordinarias, no por su moralidad sino por su trascendencia, era, a decir del autor inglés, heróico; de ahí que a su gran ensayo en el que expone su visión de la historia, le haya titulado "Los héroes". Sostengo que, con sus matices y excepciones por aquí y por allá, así seguimos interpretando, casi todas las personas, la historia que vivimos y recordamos.
Por otra parte, nuestra visión trágica es a la griega: fatalista, determinista, teatral. Edipo no tenía de otra, Antígona tampoco. Así es esto del fútbol y del destino, y mejor suerte para la próxima. Pero admiramos a quienes luchan contra lo inevitable, aunque siempre pierdan. Los mártires y fanáticos nos inspiran - congruentes hasta la muerte, les decimos -.
Por eso es tan familiar la narrativa en la prensa doméstica e internacional durante los primeros días del segundo mandato de Donald Trump. El magnate tiene bien medido el cuadrilátero del espectáculo, y sabe que hoy es el mismo de la política electoral y abierta. Los enemigos le son necesarios, y da lo mismo si es un país entero, como Canadá o Dinamarca, o una persona sin poder alguno, como la ex de Robert Pattinson o la ministra que durante su sermón en la iglesia le pidió misericordia para los migrantes. Los rivales le permiten mostrar su crueldad (que sus seguidores ven como fuerza) y su necedad impermeable a la evidencia (que los MAGA ven como integridad, o algo semejante).
Los problemas son dos: el primero, que la política también tiene una parte subrepticia, estructural, fuera de los reflectores, y mientras más ruidoso sea el espacio público, entre insultos y payasadas, más difícil es distinguir lo que está pasando a través de la niebla. Los costos son, en ese plano de la vida política de los países, reales, y algunos irreparables. El segundo es que el problema no es Trump, ni Erdogan, Modi o Bukele, populistas autoritarios, cada uno, de distinta gama. El verdadero problema es que ellos llegan y se mantienen porque millones de votantes los eligen precisamente porque son así, hablan así, y hacen lo que hacen. Ahí están las democracias hoy.