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Columnas
Hace unas semanas, de cara al inicio de los Juegos Olímpicos de París, el mundo del deporte se cimbró por un fallo emitido por el Tribunal de Arbitraje Deportivo (TAS), en el sentido de marginar al nadador (sic) transgénero, Lia Thomas, de participar en competencias internacionales de elite, entre éstas, en primer lugar, los olímpicos de París. El asunto a grandes rasgos es más o menos así:
Lia Thomas, actualmente de 25 años (1.85 metros de estatura), competía hasta hace unos años en el equipo varonil de natación de la Universidad de Pensilvania. Sin embargo, a pesar de sus esfuerzos no lograba destacar; en 2019 era el número 462 en el ranking de la NCAA (National Collegiate Athletic Association), máximo organismo rector del deporte universitario y semillero de talentos de Estados Unidos. Entonces tuvo una idea genial que cambiaría su destino: proclamó “me autopercibo como mujer”, se dejó crecer el pelo, comenzó a tomar hormonas femeninas y a inhibir las masculinas y de inmediato, sin miramientos, fue incorporada al equipo femenino de la universidad. El resultado: un ascenso meteórico que la llevó de aquel lejano 462 al número uno in-dis-cu-ti-ble, primerísimo lugar en todas y cada una de las competencias femeniles en las que se presentó. Se convirtió en campeona de las 500 yardas estilo libre, en la universidad, a nivel estatal y nacional de la División I de la NCAA y con ello el derecho de competir internacionalmente. ¡Qué gran atleta!
Pero hete aquí que no todos quedaron conformes; la nadadora Riley Ganes, quien fue derrotada por Lia Thomas, expresó abiertamente su rechazo y se convirtió en activista al denunciar que mujeres transgénero compitan en las mismas categorías que mujeres biológicas. La FINA (Federación Internacional de Natación) hoy renombrada como World Aquatics tomó el caso en sus manos, lo estudió a fondo y, tras una votación con setenta por ciento de sus miembros a favor, anunció una serie de restricciones en certámenes de elite para las competidoras transgénero, entre éstas que su transición se haya iniciado antes de los 12 años de edad, requisito que Lia no cumple. También se anunció la creación de una categoría abierta. Thomas dijo que la medida era injusta y discriminatoria y apeló ante el TAS. El resto ya lo sabemos: éste le dio la razón a World Aquatics y la multicampeona trans no estará en París.
La nadadora Paula Scanlon, que también se opuso a la presencia de Lia Thomas y su cuerpo masculino intacto en el vestidor y competencias femeniles, fue categórica: “¿Alguien se disculpará por obligarnos a desvestirnos ante él 18 veces por semana? (…) nos dijeron [las autoridades de la Universidad de Pensilvania] que nuestras opiniones eran erróneas y que, si nos suponía algún problema, nosotros éramos el problema…”.
Creo firmemente que el deporte femenil no debería ser usurpado por ninguna persona cuyos cromosomas no sean XX, el criterio biológico es el que debe imperar y también creo que en este caso hubo justicia.