Ser un país petrolero tiene sus ventajas, pero nunca se han podido reflejar en los precios de sus derivados a nivel doméstico; siempre se nos ha dicho que dependen del mercado internacional.
Baje o suba el precio del crudo en el exterior, los mexicanos no ven ningún cambio a su favor al pagar gasolinas. Tampoco al comprar el gas licuado de petróleo (Gas L.P.).
Tendencia permanente al alza. La sociedad nunca ha terminado de entender ese manejo o movimiento de precios. Hasta cuando José López Portillo, por los resultados de producción y exportación de petróleo, pidió prepararnos para administrar la abundancia, creció el valor de los hidrocarburos. La prosperidad no pasó de las palabras. La economía no repuntó como esperaba el gobierno de entonces. Jorge Díaz Serrano, quien había sido director de Pemex, terminó tras las rejas, acusado de errores administrativos.
Pareciera que no hay forma de contener precios de gasolinas ni del gas licuado. Pensar en que bajen o anunciar que va a bajar, no ha dejado de ser solo compromiso de campañas políticas, para desgracia de los bolsillos de la mayoría de mexicanos.
Ahora la mirada oficial está puesta en el Gas L.P., porque suceda lo que suceda en el mercado internacional, día a día el precio sigue al alza.
Desde siempre, desde que en México se descubrió y empezó a explotarse el petróleo, el gas ha sido quemado en su mayor parte, porque nadie quiso, por diversos intereses, construir la infraestructura que permitiera aprovecharlo en beneficio de la comunidad. En la plataformas y campos petroleros todavía se observan mecheros iluminadores.
Se importa gas, más de lo que se produce en nuestro país. ¿Qué sería de México si no fuera una nación petrolera? ¿Costaría igual, más caro o menos caro?
Ahora el plan del gobierno, decidido a proteger a los que menos tienen, es ponerle tope al precio del Gas L.P. y crear su propia compañía de distribución, para enfrentar la carestía que atribuye a las empresas que controlan el mercado nacional.
Los grandes grupos distribuidores no se van a solidarizar con los consumidores. Nunca lo han hecho. ¿Por qué lo harían ahora? Están acostumbrados a ganar y cada vez más. Su mejor argumento es que los precios se definen en el mercado internacional. ¿Será? Por lo pronto ya se habla de que puede haber desabasto y dan por hecho la interposición de amparos contra medidas oficiales.
La sociedad queda en medio y en muchos casos termina por perder. Preferible se encuentre el camino para conseguir un precio que sea razonable, sin abuso de nadie.
Por lo pronto están en marcha dos medidas, la creación de una compañía distribuidora y la fijación del tope semanal. La gente ya no aguanta más incrementos.
También tendrían que considerarse otras acciones. En los domicilios particulares el gas se consume sobre todo para calentar el agua en baños y en las cocinas para calentar comidas.
Podría recurrirse a calentadores solares para el agua. Serían más caros que el estándar, pero a la larga resultarían más convenientes, se reduciría prácticamente a la mitad el consumo de gas doméstico.
Lo que no puede ni debe seguir es el aumento cotidiano en el precio del gas L. P., porque a ese paso, si bien el combustible es necesario, por el alto precio se volvería explosivo para la economía familiar.
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