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La Oficina es sociología a la mexicana

La Oficina es sociología a la mexicana

Columnas jueves 02 de abril de 2026 -

Nunca me entusiasmó demasiado la versión norteamericana de The Office. Reconozco el talento de Steve Carell para lograr ese humor incómodo que tanto disfruta buena parte de la audiencia, y es evidente que algunos de sus actores de reparto estaban destinados a ser grandes estrellas. Pero, de la misma forma que Tom Hanks, las apuestas en el deporte universitario, la violencia puritana, las limusinas y el queso amarillo, el concepto era demasiado gringo para mi gusto. Por eso me parece encomiable el esfuerzo deliberado de los escritores y productores de la versión mexicana de esa serie, intitulada, con absoluta transparencia, La Oficina.

El molde es visible, y creo que esa es precisamente la idea: un espacio reducido donde solo el jefe y su némesis supervisor cuentan con oficinas privadas, mientras el resto de los empleados comparte cubículos abiertos que ni siquiera les cubren el rostro; algo así como caballerizas glorificadas donde más les vale renunciar a cualquier resabio de privacidad y asumir, a tiempo completo, la miseria panóptica. Naturalmente, ese espacio es el que posibilita el diálogo permanente, el voyerismo vergonzante, el exhibicionismo resignado y la generación de pequeños conflictos cotidianos, siempre diminutos, ridículos, vulgares y —sobre todo— reales.

Soy consciente de que aplaudir el realismo en una serie cómica es caminar sobre hielo muy delgado. De entrada, lo que distingue a cualquier comedia de un drama o una tragedia es que las acciones imprudentes del agente cómico tienen consecuencias inverosímiles, atenuadas, descafeinadas. Esto es necesario para que la historia siga su curso sin que nadie muera ni acabe en la cárcel a las primeras de cambio, y aplica lo mismo para Molière que para Seinfeld. Pero existe otra dimensión de verosimilitud, que nace del conocimiento de primera mano del mundo que recrea el escritor, y que no puede replicarse ni por la inteligencia artificial ni por las ocurrencias de quienes, como nómadas digitales, tienen como única experiencia otros programas de televisión y una vida entera trabajando en piyama.

Creo que una o varias de las personas que crearon La Oficina mexicana han trabajado, de verdad, en una oficina real, o en varias. Los arquetipos, exagerados como exige la caricatura, tienen un núcleo muy interesante de verdad y de identificación para quienes hayan tenido empleos presenciales en organizaciones reales. El jefe, Jerónimo, lo es únicamente por ser hijo del dueño de la compañía, y eso retrata una de las realidades más incómodas de la economía nacional: la mayor parte de las empresas mexicanas, incluyendo las más grandes, son negocios familiares, y la carrera dentro de ellas tiene el techo clarísimo del parentesco. Jerónimo es un perfecto incompetente que confunde las soft skills con la holgazanería y el cinismo campechano; toma las certificaciones a broma y, al reprobarlas, recurre a la humillación, el soborno y la mitomanía antes que a repetir el proceso. Como todo jefe varón, además, se cree —nos creemos— más simpático de lo que realmente es, y sus intentos de volverse "uno más" del equipo, forzando chistes agresivos y alcohol en la boca de sus empleados, son siempre recibidos con una tímida incomodidad que debe asimilar, a la vez, acoso y pena ajena. Pero es el jefe.

Durante muchos años, mi padre, que trabajó en diversas organizaciones públicas y privadas, me habló del "contador Pacheco": un lacayo servil y perverso que el "maestro Chacón" —líder de un equipo político mexiquense de segunda línea— cargaba consigo a todas partes. A veces fungía como jefe de departamento de algo; otras, como subdirector de alguna cosa. Pero lo que hacía realmente, siempre, era servir de tapete, caddy, pera loca, buzo de drenaje y sacerdote del culto al "maestro". En el programa cómico, ese personaje está retratado en Aniv Rubio: un vendedor como los demás que, sin embargo, ha asumido por convicción un cúmulo de funciones indignas, sin paga adicional, con tal de pasársela metido en la oficina del jefe a puerta cerrada. Jerónimo le encarga lo que se le ocurre y responde a su sumisión con despotismo y más trabajo. No obstante, el resto de los empleados, que no percibe las minucias de este matrimonio tóxico, asume que Aniv es "la oreja del jefe" y, por ende, un ser despreciable. Esta falsa percepción, que confunde proximidad con cercanía, da lugar a círculos de violencia laboral que se transmiten de generación en generación como si fueran disciplina y gratitud.

En fin, la versión mexicana de La Oficina trae sociología mexicana en su ADN, y me alegra que exista.



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/CR

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