De nada sirve cambiar las condiciones de vida exteriores, cuando lo que está lastimado es el interior de las personas. Creer que basta con modificar el espacio físico, cuando las condiciones deprimentes de educación no se mejoran, es de una insensatez tal, que no asume que se activará el conflicto bajo el que ninguna persona sensata pretende cohabitar. Si pretendemos mejorar las condiciones de vida urbanas, antes que regalar casas y programas sociales, hay que darles escuelas excelentes, maestros bien pagados y trabajos respetables.
Cuando en la época posrevolucionaria, las casas de la colonia Tabacalera, en el Centro de la Ciudad de México, fueron ocupadas por adeptos al régimen, despojando a sus legítimos dueños de sus casas, los nuevos vecinos prontamente hicieron de ellos un repugnante lodazal que todavía pueden constatar los románticos defensores de la miseria, que creen que no hace falta más para perfeccionar la vida de los sujetos, que dejarlos vandalizar el espacio, satisfaciendo sus frustraciones. La colonia Tabacalera es nido de hoteles de paso, nutridas por la selecta concurrencia de las muchas representaciones sindicales surgidas a lo largo de un nuevo régimen que, favoreciendo sus clientelas, al bendecir el despojo, los asentó al costo de la dignidad de la ciudad que ellos juraron respetar.
La Casa de la Familia Landa y Escandón convertida en fonda, un castillo provenzal de Adamo Boari, con sus mansardas robadas, sólo compite en decadencia con la Casa del Dr. Chavero, cayéndose a pedazos de cochambre por una taquería instalada en la parte trasera, y el frente usurpado por esa “pobre gente” que siempre ha antepuesto sus carencias para robar, al amparo de un estado hipócrita y un sector poblacional educado, incapaz de quitarse el ingenuo velo de la ideología que no vea sencillamente “víctimas”, sino un problema social más complicado que el fabricado por la ideología.
Cuando gritan con furia que los sacaron de “sus” vecindades, por aquellos que proclaman con melancolía este acontecimiento, habrá que ver cuántos de ellos descienden de los que despojaron a los originales dueños para invadir, como en su tiempo hicieran los maniacos bolcheviques en Rusia, después de asesinar a los dueños de las casas del entonces Petrogrado, intoxicados por ese fanatismo rojo que en cualquier persona se convierte en amenaza para la propia sobrevivencia y la de su sociedad.
“Su vecindad”, fue casa de alguien al que se la sustrajeron, jamás fueron vecinos, fueron crueles invasores aprovechándose de las circunstancias como el día de hoy. Varios sectores incorporados a supuestos sindicatos, o desplazados del interior del país, vienen a la Ciudad de México para vender contrabando chino travestido de artesanía; robando espacios y servicios públicos; invadiendo propiedades… todo sin pagar un solo peso y además con el mote de “pobre gente inocente”.