A la humanidad siempre le ha costado trabajo aceptar la diversidad. La uniformidad es más cómoda. Más fácil de manejar.
La estandarización de puntos de vista, modelos sistemas de creencias y formas de pensar, convertidos en paradigmas o ideas generalmente aceptadas, hace posible la dinámica de los hábitos colectivos. La moral pública, el conocimiento, las religiones, e incluso las ideologías políticas.
Las ideas están catalogadas; izquierdas, derechas, creyentes, ateos, etc. El pensamiento único es dual y polarizado (como se acostumbra en la cultura occidental). Estás bien, o estas mal. Y generalmente las personas asumen que su pensamiento es el correcto, y todo lo que sea diferente es incorrecto.
Es evidente que no todas las personas pueden ni deben pensar de la misma forma, sin embargo, “las mayorías mandan”. Las ideas y tendencias sembradas desde el poder, desde los altos espacios de control social, permean con mayor rapidez, se aceptan (muchas veces sin mayor reflexión) y estandarizan creencias y opiniones.
Cuando se habla de un estado democrático, se asume que este modelo busca la integración de todos los miembros de la sociedad (mayorías y minorías) en los procesos de toma de decisiones de interés general. Ello significa que la democracia no debe ser considerada como el gobierno de las mayorías, ni puede concebirse como una herramienta para fomentar la imposición de las formas de pensar de éstas.
La diversidad es un valor que enriquece el diálogo democrático. Con pensamiento “único” o uniforme, no habría diálogo ni avance democrático. Contrastar ideas, discutir, debatir sanamente, permite conocer otros puntos de vista e incorporarlos al propio. Sin debate, análisis y discusión de ideas, no habría evolución del pensamiento; y no se habrían logrado los grandes avances en el desarrollo de las sociedades a lo largo de la historia.
La llamada “ley de polaridad”, la filosofía clásica griega, la dialéctica histórica materialista de Marx (basada en las ideas de Hegel), que aterriza en la llamada “lucha de clases”, la teoría de las revoluciones científicas de Thomas Khun, son ejemplos de un pensamiento filosófico bipolar. Y ese pensamiento a su vez solo admite el bien y el mal; lo correcto o incorrecto.
Con esa perspectiva, no se discute para aprender, sino para “ tener la razón”. No para persuadir o ser persuadido, sino para externar e imponer puntos de vista. Entonces la calidad del debate merma. Disminuye. Y con ella, la calidad de la democracia, como se plantea en las ideas de Stuart Mill.
Flor de Loto: Las minorías de hoy pueden ser las mayorías de mañana. Las revoluciones científicas implican rotación de paradigmas. Lo que hoy es válido y aceptado por las mayorías, puede cambiar a lo largo del tiempo. El discurso contramayoritario puede volverse dominante.
Nada es para siempre.