En Davos, México habló el lenguaje correcto. Resiliencia, sostenibilidad, economía circular, cooperación global. El país se presentó como un actor confiable en un mundo fragmentado.
Ese lenguaje no es retórico. En los últimos años, el Foro Económico Mundial ha insistido en una idea central: los grandes riesgos del siglo XXI; pandemias, crisis climáticas e inseguridad alimentaria, no pueden abordarse de manera aislada. Parece obvio, pero es políticamente complejo: la salud humana, la salud animal y la salud ambiental forman un solo sistema y cuando uno falla, los demás terminan pagando el costo.
México asintió a ese diagnóstico. Y con razón. La seguridad alimentaria, se dijo en Davos, es un pilar de la gobernabilidad y de la estabilidad social. Los sistemas productivos deben ser sostenibles, trazables y resilientes no solo por razones éticas, sino porque de ello depende la capacidad de los Estados para prevenir crisis mayores.
Sin embargo, como ocurre con frecuencia en los foros globales, el verdadero debate no estuvo en lo que se dijo, sino en lo que queda fuera. Paradójicamente el punto ciego es claro: el financiamiento real que permite convertir esa narrativa en práctica cotidiana.
Cuando el discurso global se refiere a la producción de alimentos aparece una contradicción estructural. Se exige transformación, prevención y responsabilidad sistémica, pero sin ofrecer instrumentos financieros acordes al riesgo que implica sostener ese modelo en el territorio por la inversión constante en sanidad, bioseguridad, control ambiental y trazabilidad. Costos que siguen recayendo casi por completo en el productor.
El sector porcícola es un ejemplo elocuente de ese desfase. Produce bajo algunos de los estándares sanitarios más estrictos, invierte de manera permanente en bioseguridad y bienestar animal, y opera en mercados altamente regulados y expuestos al escrutinio público. Aun así, enfrenta barreras persistentes para acceder a crédito competitivo, seguros adecuados y esquemas de financiamiento de largo plazo. En la práctica, se le pide que funcione como un sector estratégico global, pero se le financia como una actividad de alto riesgo marginal.
En Davos se habló de capital sostenible y de financiamiento verde como motores de la transición productiva. La lógica es clara: invertir en prevención es más barato que enfrentar crisis, el problema es que ese capital rara vez llega a la granja. La sostenibilidad se discute en paneles internacionales, pero en el campo mexicano sigue sin traducirse en tasas diferenciadas, productos financieros adaptados o mecanismos que reconozcan el valor económico de prevenir riesgos sanitarios y ambientales.
Ese es el límite de Davos, ante la falta de mecanismos para que los discursos se conviertan en realidad integradora, todo queda en una consigna elegante. México entiende el discurso global. Lo ha incorporado con soltura y lo repite con convicción, pero mientras el sistema financiero siga desconectado de esa narrativa, la brecha entre lo que se quiere y se puede ejecutar seguirá ampliándose. Y en esa brecha, el productor continúa absorbiendo el riesgo.
La verdadera pregunta, una vez terminado Davos, no es si México habló bien ante el mundo. Es si está dispuesto a alinear su sistema financiero con la responsabilidad que implica producir alimentos en un contexto de riesgo sanitario, climático, económico y geopolítico creciente. Porque la soberanía alimentaria no se decreta, se financia. Y ese sigue siendo el punto ciego.