A últimas fechas, el mismo día y a veces en los mismos periódicos, nos enteramos que la relación entre México y Estados Unidos está cada vez peor, que hay gobernadores y congresistas republicanos diseñando políticas de odio hacia los mexicanos, que las delegaciones oficiales de uno y otro país realizan gestiones para seguir fortaleciendo los lazos comerciales, turísticos, culturales y de seguridad, que el nearshoring vuelve ha convertido a nuestro país en el destino natural de las inversiones que se desplazan fuera de Asia, que ahora uno de cada dos norteamericanos nos ve como enemigos, y que las cifras de inversión y empleo en México han aumentado, en parte, por la aceleración de la economía de EU, al ser nosotros un eslabón esencial en su cadena de producción.
Un dato adicional es que en las maquiladoras han aumentado las remuneraciones medias reales de los trabajadores. Todo lo anterior, al mismo tiempo, como si estuviésemos hablando de cuatro países y no de dos. El tema de esta columna no son las maquilas y ni siquiera el fenómeno de la recuperación económica como tal; simplemente destaco los esquizofrénicos datos que colisionan con el discurso “anti mexicano” de los candidatos republicanos y su base electoral más dura.
Estados Unidos y México se necesitan. No es un lugar común, ni una frase hecha. Los componentes económicos de Estados Unidos cuentan, entre sus prioritarios, a México, especialmente la parte de la industria pesada, además de la economía de muchas ciudades fronterizas (de su lado, no del nuestro) que viven del consumo de los mexicanos, que hacen allá desde su despensa hasta sus recargas de gasolina. Por si fuera poco, el componente humano y cultural mexicano en la vida social de muchas ciudades estadounidenses es enorme.
Eso no quiere decir que los hispanos de allá quieran mucho a los de aquí (a veces es lo contrario), pero emprender una guerra retórica radical termina por ser también una guerra cultural contra “lo mexicano”, y la presencia de lo mexicano y lo latino en Estados Unidos ya es insoslayable. Creo honestamente que, a mediano plazo, ese discurso va a traerle más perjuicios que beneficios a los políticos republicanos.
Para muestra un botón: el ayuntamiento de Eagle Pass peleó y ganó al gobierno estatal la jurisdicción de un parque público que era utilizado por el gobernador de Texas, Greg Abbott, para desplegar a su policía migratoria y guardar sus boyas que terminaron yéndose hacia el lado mexicano, como escapando ellas mismas de ese cavenícola. Las autoridades del ayuntamiento dijeron que estaban felices que el gobernador “se largara”.
Eso quiere decir que el discurso anti racista y anti republicano también tiene ya una rentabilidad política en el país vecino. La parte del intercambio turístico, además, es otro de los temas donde el discurso entre los dos países es incoherente con las hostilidades electorales. El mayor número de viajeros internacionales que recibe México, uno de los principales destinos turísticos del mundo, proviene de los Estados Unidos. Si no nos quieren y de plano tienen una aberración metafísica hacia lo mexicano, ¿porqué vienen tanto?
Creo que es más simple, y como en toda relación con un país de corte hegemónico, ambivalente: decir que somos el principal socio comercial de los Estados Unidos y que la mayor comunidad de mexicanos fuera de México está allá, no quiere decir que tengamos una relación de igualdad (con un imperio, nunca se tiene); pero sí que es inevitable, y que los actores políticos serios lo saben, y lo entienden.
Es lamentable que al día de hoy la xenofobia sea un recurso tan eficaz para obtener votos y movilizar gente a corto plazo, pero esa posición no sirve para gobernar, porque la frontera será siempre porosa, y la relación concreta será siempre casuística. Lo preocupante es que, si una generación (como esta clase política de Trump) difunde discursos de odio de manera hipócrita, la siguiente puede repetirlos, pero ya de manera más sincera, porque lo suyo no fue estrategia, sino adoctrinamiento.
Por cierto, una hipótesis provocadora es que la recuperación económica norteamericana en la economía de los estados fronterizos y en aquellos que hay gran cantidad de trabajadores ilegales, se debe, precisamente, a su presencia como fuerza laboral, y no viceversa. Pero esa es otra historia.