La nota roja se convirtió en nota política, porque los políticos fueron descubiertos como delincuentes. Los mexicanos no advertimos en qué momento la información política se convirtió en nota policiaca, aunque siempre estuvo latente esa mudanza que pasó de la última página de los diarios a la primera plana. La deshonestidad de los protagonistas de las administraciones públicas nunca fue noticia desconocida, pero lo sorpresivo fue que poco a poco esos funcionarios públicos emergieran de la corrupción con nombre y apellido y, algunas veces, con cárcel.
La información política estuvo en los medios muy alejada de la nota roja, pero en la realidad se peleaban acciones y actividades. La sociedad entre delincuentes, funcionarios públicos y uno que otro empresario, mostraron una mafia que anteriormente exhibía sus tentáculos por separado, en bandos donde los medios de información no estaban exentos. De ahí el silencio que parecía eterno.
Los medios tenían un papel muy importante dentro de la mafia de los delincuentes de cuello blanco, que consistía en ocultar los sucios negocios que hacían unos y otros con el dinero del pueblo, en negocios donde la sociedad tomaba entonces el nombre de complicidad.
Así, hubo diarios que tenían para su protección guardaespaldas pertenecientes a la entonces PGR, que pagábamos todos los mexicanos, y que se dedicaban a cuidar a sus directivos y propietarios, que en realidad eran adoptados como mozos, choferes, mandaderos y hasta lustradores de zapatos.
Los medios que nacieron el siglo pasado, en su mayoría, callaban a cambio de un subsidio muy alto, desde luego, eran los primeros en celebrar el retiro de subsidios al campo, a la educación y a la salud. Por eso la nota roja le ganó espacios a la información política, eran precisamente los funcionarios públicos los que perpetraban los delitos más crueles contra la población y los diarios guardaban silencio a cambio de las migajas que los millonarios negocios entre funcionarios públicos y oportunistas concretaba con el dinero del pueblo.
Los delitos de los funcionarios públicos siempre existieron, lo siguen haciendo, aunque en menor medida, entonces que no nos extrañe que hablar de política es hablar de delincuentes y hablar de delincuentes es hablar de políticos. Estaba de por medio la nota, a veces roja.
La concentración de medios alrededor del juicio de García Luna, sigue imponiendo silencios e indiscreciones, en un mundo donde cada quien cree en lo que quiere. Si un medio es señalado con los atributos suficientes para perder su credibilidad, tiene seguidores fieles que entre consigna y costumbre sigue alimentando su ración de realidad de ellos. Lo mismo sucede con los comunicadores que al autodenominarse líderes de opinión, mintieron para favorecer intereses.
En este ambiente la mentira no era síntoma de mitomanía sino expresión velada de intereses turbios en la administración pública.