Carlos Mendoza
Primer día de actividades en el Autódromo Hermanos Rodríguez, con la espera terminada y con la emoción a tope de ver nuevamente a los pilotos más famosos del mundo. Sin público en las gradas, pero con mucho movimiento tras bambalinas.
Desde temprano, la actividad se dinamita con un ir y venir de miembros de equipos que alistan todo para que pilotos, mecánicos y jefes de equipo arranquen con su labor para la puesta a punto de sus unidades.
De menos a más como cada año. Los primeros hospitalities son los que menos gente atraen. Williams, Alphatauri, Haas. No gozan de tanta popularidad y de alguna manera, agradecen la calma que reina en sus cuarteles.
Pero con los pasos adelante, la gente se aglomera. Alfa Romeo, Alpine, McLaren, Astin Martin… escuderías que han tenido buenos momentos y que cuentan con adeptos entre la afición mexicana.
Como siempre, no hay escena que se repita a la de años pasados, por más que los horarios están determinados para todos. Entre el orden, hay desorden por la imprevisibilidad, incluso hasta de los pilotos.
Pero el ambiente es calmo. Y de tanto en tanto, aparecen los pilotos, aislados, cada uno atendiendo sus compromisos pactados, algunos en sus cuarteles, otros tantos bajo el sol. La mayoría sonrientes y con paciencia.
Actividades como hacer tortas de chilaquiles con Charles Leclerc o romper piñatas como Verstappen y Checo, así como Bottas y Zhou ponen el momento gracioso y con el que se rompe la secuencia.
El inglés predomina en los equipos, y por más que haya gente de todos lados, es el idioma de Shakespeare el que reina, exceptuando en Ferrari. La mezcla de lenguas a veces confunde a quien pasa. Los latinos ponen resistencia a mantener el español como lo más común, pero nuevamente el inglés con todo el personal da la respuesta.
Suman puntos aquellos pilotos que se detienen a tomarse una foto o firmar algún artículo. Hay quien no lo hace, pero son pocos. La simpatía de Ricciardo es contagiosa, la seriedad de Hamilton respetada y la tranquilidad de Tsunoda comprendida.
Checo, el más solicitado, no hay duda. El mexicano no pasa por un buen momento en la temporada, pero eso no importa para sus compatriotas, que lo buscan y le piden un momento para inmortalizar en sus mentes.
El tapatío va ecuánime, sin traicionar su manera de ser y con la concentración necesaria para lo que viene el fin de semana, luego de los compromisos con patrocinadores. Profesional, aunque la gente siempre se queda con ganas de un poco más de él, pero entienden que la agenda apenas le da un respiro.
Como si se tratara de una enorme coincidencia, el día mejora paulatinamente con un sol que deslumbra y mete ganas de ir de un lado a otro a observar las dinámicas. Pero también cae la tarde, la euforia disminuye y una cerveza o un bocadillo es el mejor acompañante de la mayoría para recompensar los esfuerzos de varias horas.
Una noche fresca que pone a platicar a amigos y extraños antes de partir a casa para recuperar fuerzas para la siguiente jornada, la cual ya tendrá las primeras prácticas en marcha y el público dando vida a las gradas.
Hoy es el preámbulo, mañana una probada de emoción mayor. De a pico se retiran los asistentes. Pilotos van rumbo a la salida sin nadie que interfiera. Quizá el momento que más aprecian ante el asedio intenso en cada país.
Lo que incrementa es la ilusión de ver en acción los autos mañana temprano. El rugir y las estelas multicolor sobre la pista es la adicción que convoca a miles en un pequeño pedazo de la capital mexicana que es vista por todo el mundo. Algo de lo que cada habitante y visitante a la CDMX quiere ser parte.