La Ciudad de México vive con un recordatorio constante bajo los pies. No es miedo: es memoria. Cada anuncio de un simulacro sísmico activa algo más que protocolos; despierta una conciencia colectiva forjada a partir de tragedias que marcaron generaciones. En ese contexto, el anuncio del primer Simulacro Sísmico de 2026, programado para el 18 de febrero a las 11:00 horas, no es un trámite administrativo ni una simple rutina de protección civil. Es, o debería ser, un ejercicio de responsabilidad pública y ciudadana.
Que la mandataria capitalina haya hecho el anuncio desde Xochimilco no es menor. Se trata de una de las zonas con mayor vulnerabilidad ante los efectos de un sismo, por su tipo de suelo y por la complejidad urbana que combina pueblos originarios, canales, vivienda irregular y áreas densamente pobladas. Evaluar protocolos, tiempos de reacción y coordinación institucional en un territorio así no es solo pertinente: es necesario.
Sin embargo, los simulacros en la Ciudad de México cargan con una paradoja. Por un lado, han salvado vidas al generar hábitos de respuesta; por otro, corren el riesgo de convertirse en actos mecánicos, casi ceremoniales, donde se “cumple” sin reflexionar. Personas que no evacúan, edificios que no corrigen fallas detectadas, autoridades que presumen participación sin transparentar resultados. Simular no basta si no se corrige.
La clave está en lo que ocurre después de que suena la alerta y termina el ejercicio. ¿Se publicarán diagnósticos claros? ¿Habrá consecuencias para quienes incumplen protocolos? ¿Se ajustarán planes de protección civil con base en lo observado? Sin retroalimentación real, el simulacro se queda en gesto; con ella, se convierte en política pública efectiva.
También hay una dimensión social que no puede ignorarse. La coordinación entre autoridades y ciudadanía no se decreta: se construye. Implica informar con claridad, capacitar de forma permanente y reconocer que no todas las personas viven el riesgo de la misma manera. Adultos mayores, personas con discapacidad, comunidades escolares y trabajadores informales requieren estrategias diferenciadas. La cultura de la prevención no puede ser homogénea en una ciudad tan desigual.
Aun así, el anuncio es una señal positiva. En un país donde la improvisación suele aparecer en los momentos críticos, insistir en la preparación es una forma de respeto a la historia sísmica de la capital y a quienes han padecido sus consecuencias. El 18 de febrero no se trata solo de salir ordenadamente o seguir instrucciones: se trata de asumir que vivir en esta ciudad exige memoria activa y compromiso constante.
Porque cuando la tierra se mueve de verdad, no hay margen para ensayar. Por eso, simular importa. Y mucho.
¿Y tú, qué haces para saber actuar en situaciones de riesgo? Me interesa tu opinión, escribeme en redes sociales, aparezco como @federicoreyestv