Cada 30 de abril, mientras en muchas partes de la ciudad el Día del Niño se celebra entre salones de fiesta y regalos envueltos, en Tepito ocurre algo distinto, algo profundamente comunitario y lleno de significado. En la esquina de República de Argentina y Eje 1 Norte, el corazón del barrio late con más fuerza para recordar lo que realmente importa, la alegría de nuestras niñas y niños.
Desde hace más de 30 años, esta celebración se ha convertido en una tradición que trasciende generaciones. Lo que comenzó como un gesto solidario hoy es una verdadera feria popular que transforma la calle en un espacio de ilusión. Juegos de feria, premios, juguetes, comida, sorpresas… todo completamente gratuito. Pero más allá de lo material, lo que se regala aquí es tiempo, atención y cariño.
Tepito es un barrio trabajador, de lucha constante, donde cada día representa un esfuerzo. Aquí se madruga, se vende, se construye, se resiste. En medio de ese ritmo, no siempre es fácil detenerse a celebrar, a agradecer, a mirar a los más pequeños y recordar que ellos son el presente y el futuro. Por eso, este 30 de abril no es cualquier fecha: es un recordatorio de que la infancia merece ser celebrada con dignidad, con alegría y con comunidad.
Para mí, esta celebración también tiene un significado profundamente personal. Soy originaria de Tepito, crecí entre sus calles, su gente y su energía inigualable. Este barrio me lo ha dado todo; valores, identidad, fuerza y un profundo sentido de comunidad. Por eso, regresar cada año y poder devolver, aunque sea un poco, de lo mucho que Tepito me ha brindado, es un acto de amor y gratitud. Ver a las niñas y niños sonreír en las mismas calles que me vieron crecer es, sin duda, una de las mayores recompensas y una razón más para seguir trabajando por este lugar que tanto quiero.
Ver las calles llenas de risas, de colores, de familias reunidas, es también una forma de reivindicar lo mejor de Tepito. Porque este barrio no solo es trabajo, también es solidaridad, organización y corazón. Cada juego instalado, cada regalo entregado, cada plato de comida compartido es resultado del esfuerzo colectivo de quienes creen que un niño feliz es una semilla de esperanza.
En tiempos donde muchas veces predominan las noticias difíciles, estos espacios son necesarios. Son actos de resistencia emocional, de construcción de comunidad, de recuperación del espacio público para la convivencia. Son, en pocas palabras, una forma de hacer política desde el afecto y la cercanía.
Para muchas niñas y niños de Tepito, esta feria representa uno de los días más esperados del año. No solo por los regalos, sino por la experiencia: subirse a un juego, ganar un premio, compartir con amigos, sentirse vistos y celebrados. Es un día donde la infancia ocupa el centro, como debería ser siempre.
Pero también es un llamado a no olvidar que esta alegría debe ser constante. Que más allá de un día al año, debemos trabajar para garantizar que todas las niñas y niños crezcan con oportunidades, con espacios seguros, con acceso a educación, salud y recreación. Que tengan no solo un día feliz, sino una vida digna.
Hoy celebramos esta tradición que ha resistido el paso del tiempo gracias al compromiso de quienes creen en su comunidad. Celebramos a Tepito, a su gente y a su capacidad de organizarse para dar lo mejor de sí. Y, sobre todo, celebramos a sus niñas y niños, porque en sus sonrisas está la razón de todo.
Que este 30 de abril sea, una vez más, inolvidable. Porque cuando una comunidad se une para hacer felices a sus niños, está construyendo un futuro más justo, más humano y más esperanzador.
María Rosete