Más de 2,200 personas han perdido la vida en Afganistán tras el devastador terremoto de magnitud 6 que golpeó la región oriental el pasado domingo, según confirmó el jueves el portavoz del gobierno talibán, Hamdullah Fitrat. Las autoridades señalaron que la mayoría de las víctimas se concentran en la provincia de Kunar, una zona montañosa donde comunidades enteras quedaron sepultadas bajo los escombros.
El sismo arrasó aldeas completas, destruyó viviendas y atrapó a familias enteras en áreas de difícil acceso. Las tareas de búsqueda y rescate siguen en marcha, aunque los equipos enfrentan severos obstáculos debido al terreno accidentado, con caminos bloqueados por derrumbes y deslizamientos de tierra.
El gobierno talibán ha desplegado helicópteros y fuerzas militares para apoyar a los sobrevivientes, además de instalar campamentos temporales y distribuir ayuda de emergencia. Sin embargo, organizaciones humanitarias advierten que los recursos son insuficientes ante la magnitud de la tragedia.
El Consejo Noruego para los Refugiados reportó una reducción significativa en su capacidad operativa: actualmente cuenta con menos de 450 empleados en Afganistán, cuando en 2023 tenía más de mil. A ello se suma la falta de suministros y de financiamiento, lo que retrasa la entrega de asistencia. “La gente necesita ayuda inmediata, pero solo disponemos de 100 mil dólares para atender la emergencia, frente a un déficit de 1.9 millones”, declaró Maisam Shafiey, asesor de la organización.
La catástrofe golpea a un país ya afectado por crisis múltiples: el impacto del cambio climático, la sequía prolongada, una economía debilitada y la presión de cerca de dos millones de ciudadanos deportados recientemente de naciones vecinas. Para las agencias de ayuda internacional, este terremoto representa “una crisis dentro de otra crisis” que pone a prueba la resiliencia de Afganistán y la respuesta de la comunidad internacional.