Cuando uno se sienta a repasar la historia de nuestro México, a veces parece que sólo cambiamos de cicatrices. Hay heridas que, por más que pasen las décadas, siguen doliendo en la memoria colectiva, como esa mancha imborrable del 2 de octubre de 1968. En aquel entonces, bajo las órdenes de Gustavo Díaz Ordaz y Luis Echeverría, el ejército disparó contra estudiantes en la Plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco. Se habla de alrededor de 300 personas que perdieron la vida, jóvenes que soñaban con un país distinto, callados a balazos por el mismo Estado que debía protegerlos. Esa cifra, fría y brutal, nos persiguió como la gran tragedia autoritaria del siglo XX.
Pero los tiempos cambian, y las tragedias, lamentablemente, se hacen más grandes. Demos un salto al presente, al México que recién despidió el sexenio de Andrés Manuel López Obrador, el sexenio que prometió pacificar al país con la bandera de "abrazos, no balazos". La imagen que corre de boca en boca —y de pantalla en pantalla— pone frente a frente estos dos momentos: los 300 muertos de Tlatelolco contra los más de 201,153 homicidios y 55,244 desaparecidos que mancharon el periodo de López Obrador. Y aquí es donde nos toca reflexionar, sin fanatismos, sobre lo que estas cifras nos están diciendo a todos, desde el campesino hasta el oficinista de la ciudad.
El gobierno de López Obrador terminó con más de 199 mil asesinatos registrados oficialmente, un promedio de 94 personas al día, convirtiéndose en el sexenio con la cifra más alta en la historia reciente de México. Superó, y por mucho, los 156 mil de Enrique Peña Nieto y los 120 mil del sexenio de Felipe Calderón, ese que le declaró la "guerra al narcotráfico" y que durante años fue el símbolo de la violencia desbordada.
La gran diferencia que muchos señalan, y que es el nudo de esta columna, es a quién se estaba matando en cada época. Durante la administración de Calderón, se argumentaba que la mayoría de los caídos eran criminales matándose entre ellos o cayendo en enfrentamientos con las fuerzas armadas. Una guerra directa, frontal, cuestionada por sus formas y resultados, pero con un objetivo, al menos discursivamente, claro.
En contraste, la estrategia de "abrazar" a los delincuentes y replegar a las fuerzas de seguridad parece haber cobrado una factura distinta y mucho más dolorosa para el ciudadano de a pie. El crimen organizado, sintiéndose intocable, ya no sólo ajusta cuentas entre sus filas; ha extendido sus garras a la sociedad civil. Vemos extorsiones (que pasaron de 5,706 denuncias en 2018 a 9,516 en 2025), cobro de piso, secuestros y balas perdidas que truncan la vida de gente inocente. Gente que sólo salía a trabajar, a estudiar, a vivir. La política de no confrontación dejó a muchos mexicanos a merced de la ley del más fuerte.
Es inevitable comparar. Tlatelolco fue un acto de represión del Estado, un crimen que evidenció la podredumbre del poder en su forma más cruda. Fueron 300 vidas inocentes, y eso no se justifica jamás. Pero, ¿qué nombre le ponemos a un Estado que, por inacción o por una estrategia fallida, permite que más de 200 mil personas mueran y más de 50 mil desaparezcan en seis años? ¿Acaso la sangre derramada por la ineficiencia, el abandono o la omisión duele menos que la derramada por la represión directa?
La imagen que circula pone el dedo en la llaga. Nos obliga a mirar que, si bien el ejército ya no dispara contra estudiantes en una plaza como en el 68, el mandato de "abrazar" a quienes nos desangran ha resultado ser una orden igual de letal para el pueblo. La violencia de hoy es, en muchos sentidos, una violencia democratizada: cualquiera, en cualquier esquina, puede ser víctima.
La “guerra” de Calderón, mal considerada como guerra, puesto que fue un combate directo a los grupos criminales, comprendida de 2007 a 2012, registró por parte del Inegi 121 mil homicidios, un aumento brutal del 148%, muy distinto con estos últimos sexenios que prometieron paz y han entregado el país más mortífero del que tengamos memoria reciente.
El México de Tlatelolco nos enseñó el terror del autoritarismo activo. El México de los "abrazos" nos está enseñando el terror del Estado ausente. Al final del día, para la madre que busca a su hijo desaparecido o para la familia que llora a un inocente asesinado en el fuego cruzado, no importa si la orden fue disparar o fue abrazar; el resultado, tristemente, es la misma silla vacía en la mesa. Ojalá aprendamos que gobernar no se hace con frases pegajosas ni con negaciones de la realidad, sino con la firmeza de proteger a quienes, día a día, salimos a partirnos el lomo por este país. Mi opinión.