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Columnas
Digno de resaltarse es el posicionamiento de la opinión pública ante el problema del ambulantaje en la Ciudad de México en su Centro Histórico, que ha padecido una serie de inclemencias sobre el tema del cual no necesariamente se encuentra enterada una parte de la población que no dimensiona las características del hecho, distante de ser un inocente divertimento para paseantes.
El Centro Histórico más grande de América, Patrimonio Cultural por la UNESCO, es una joya irremplazable, nutrida por el exquisito catálogo de edificaciones que en conjunto dan la cara de nuestra imponente riqueza cultural, sobre todo cuando existen voces intolerantes en el panorama internacional, como las que surgen en medio de la campaña presidencial de los Estados Unidos, que intentando menospreciarnos, agreden nuestra identidad. Nosotros somos nuestra historia, y esta se expone magníficamente en los más finos detalles de nuestra cultura, como lo son nuestros palacios, con sus acervos museísticos; en las calles por las que han transitado las glorias y desgracias de una capital de siglos, en donde cada piedra contiene la esencia que desmiente a la calumnia. México es la joya de la corona histórica de todo el hemisferio occidental y no podemos tolerar ni las infamias externas, ni las propias, como lo es el ambulantaje.
Los grupos de ambulantes no son simplemente particulares que por necesidad ofrecen sus productos inocentemente a los paseantes. La mayoría pertenecen a agrupaciones organizadas que cobran a sus agremiados ilegalmente para usurpar el patrimonio público, lucrar con él y, en caso de que las autoridades apliquen la ley donde claramente se prohíbe el comercio informal, atacan con una violencia execrable de las que los capitalinos hemos sido testigos, o víctimas, varias veces.
No se puede alegar la necesidad particular como pretexto privatizador de una calle, donde el comercio establecido, inmediatamente se ve agredido por un comercio desleal que, sin generar riqueza al país, sí daña a los contribuyentes que ofrecen los empleos de los que tantas familias honestamente se mantienen. Pareciera que las opiniones partidarias de la venta informal, invisibilizan a los comerciantes establecidos, que son personas con familias. Las agresiones a comerciantes formales son constantes, a peatones que, sin querer, pisan las mercaderías, en su mayoría chinas, de estos grupos hostiles que lo mismo lavan trastes en las jardineras del Palacio de Bellas Artes, que hacen sus necesidades en los prados de la Alameda, o expanden el humo de las salchichas al carbón que asan sobre el piso de mármol de una lastimada avenida Juárez, mientras que otros habitan el camellón de la Avenida de la República. Ellos no pueden ser dignos del aprecio de quienes amamos y protegemos nuestra historia, y donde debemos de defender la dignidad nuestra cultura amenazada por el demagógico discurso trumpista.