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Un viejo que leía novelas de amor

Un viejo que leía novelas de amor

Entornos viernes 17 de abril de 2020 - 01:55

El cielo era una inflada panza de burro colgando amenazante a escasos palmos de las cabezas. El viento tibio y pegajoso barría algunas hojas sueltas y sacudía con violencia lo bananos raquíticos que adornaban el frontis de la alcaldía.
Los pocos habitantes de El Idilio más un puñado de aventureros llegados de las cercanías se congregaban en el muelle, esperando turno para sentarse en el sillón portátil del doctor Rubicundo Loachamín, el dentista, que mitigaba los dolores de sus pacientes mediante una curiosa suerte de anestesia oral.
-¿Te duele?- preguntaba
Los pacientes, aferrándose a los costados del sillón, respondían abriéndose desmesuradamente, los ojos y sudando a mares.
Algunos pretendían retirar de sus bocas las manos insolentes del dentista y responderle con la justa puteada, pero sus intenciones chocaban con los brazos fuertes y con la voz autoritaria del odontólogo.
-¡Quieto, carajo! ¡Quita las manos! Ya sé que duele. ¿Y de quiñen es la culpa? ¿A ver? ¿Mía? ¡Del Gobierno! Métetelo bien en la mollera. El Gobierno no tiene la culpa de que tengas los dientes podridos. El Gobierno es culpable de que te duela.
Los afligidos asentían entonces cerrando los ojos con leves movimientos de cabeza.

El doctor Loachamín adiaba al Gobierno. A todos y a cualquier Gobierno. Hijo ilegítimo de un emigrante ibérico, heredó de él una tremenda bronca a todo cuanto sonara a autoridad, pero los motivos de aquel odio se le extraviaron en alguna juerga de juventud, de tal manera que sus monsergas de ácrata se transformaron en una especie de verruga moral que lo hacía simpático.
Vociferaba contra los Gobiernos de turno de la misma manera como lo hacía contra los gringos llegados a veces desde las instalaciones petroleras del Coca, impúdicos extraños que fotografiaban sin permiso las bocas abiertas de sus pacientes.
Muy cerca, la breve tripulación del Sucre cargaba racimos del banano verde y costales de café en grano.
A un costado del muelle se amontonaban las cajas de cerveza, de aguardiente Frontera, de sal, y las bombonas de gas que temprano habían desembarcado.
El Sucre zarparía en cuanto el dentista terminase de arreglar quijadas, navegaría remontando las aguas del río Nangaritza para desembocar más tarde en elZamora, y luefi de cuatro días de lenta navegación arribaría al puerto fluvial de El Dorado.

El barco, antigua caja flotante movida por la decisión de su patrón mecánico, por el esfuerzo de hombres fornidos que componían las tripulación y por la voluntad t´ísica de un viejo motor diésel, no regresaría hasta pasada la estación de las lluvias que se anunciaban en el cielo encapotado.

* Fragmento del libro Un viejo que leía novelas de amor © 2016, Tusquets . Cortesía otorgada bajo el permiso de Grupo Planeta México.


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/CR

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