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Walt Whitman: el artesano que se convirtió en el poeta de la democracia

Walt Whitman: el artesano que se convirtió en el poeta de la democracia

Entornos viernes 31 de mayo de 2019 - 04:48


RICARDO SEVILLA

Walt Whitman (1819-1892) fue un pésimo estudiante. Las noticias biográficas que hoy atascan los diarios, con el pretexto de hablar sobre el centenario de su natalicio, aseguran que el poeta nacido en West Hills (Nueva York) abandonó la escuela a los once años de edad. Mentira. En realidad, los profesores de Brooklyn (a donde la familia se había mudado) lo expulsaron, casi a patadas, debido a que el muchacho se mostraba constantemente extraviado y, sin venir a cuento, impostaba la voz y, como si fuera un emisario del apocalipsis, comenzaba a hablar sobre cierto “Engaño de Zeus”, sobre una extraña “Batalla junto al río” y hasta de un insólito “ángel sentado en el solio de un diamante”.

Ante semejantes desplantes, sus compañeros —e incluso sus profesores— lo catalogaron como un loco y, para que no contaminara a sus compañeros con aquellos delirios, decidieron echarlo de aquellas aulas.

Los mochos educadores de la City of Churches (ciudad de las iglesias) fueron tan pazguatos que jamás percibieron que Walt, simplemente, estaba recitando en voz alta —de memoria— algunos versos de La Ilíada y de la Divina Comedia.

Su padre, un cuáquero que temblaba ante la presencia de Dios, tampoco lo entendió, y empleó a su hijo como ayudante en el negocio que mantenía a la familia: una carpintería.Con eso, quizá pensaba su padre, el muchacho dejaría de andar pensando en círculos del Infierno y purgatorios.

Armado de un serrucho, clavos y lijas, Whitman se entretuvo durante algunos meses armando marcos para puertas, puliendo molduras y limando cualquier cantidad de tablones rugosos. Eso sí, no dejaba de escribir sus dos o tres versitos diarios.

Incapaz de convertirse en un artesano de la madera, Walt huyó de aquel taller de carpintería e ingresó como mozo de albañilería, donde las cosas le fueron peores: el adolescente tenía que cargar cubetas de arena, empujar carretillas de grava, además de llevar y traer ladrillos de arcilla, bloques de cemento y piedras enormes que, a la postre, terminarían pulverizándole la espalda.

Atormentado por un lumbago crónico,entró como aprendiz en una imprenta. Resulta increíble que ciertos periodistas dizque culturales aseguren que el poeta fue aceptado en “un taller de impresión”.

Pobres extraviados. En aquella época, simplemente, no había “talleres de impresión”. Y tampoco de serigrafía, aclaro, para que no vayan más lejos con sus bobadas.

De hecho, el trabajo que el futuro autor de Hojas de hierba desempeñó en aquel taller fue muy simple: entintaba los folios, que posteriormente se convertirían en estereotipos, utilizando cilindros de cuero Un método que, por lo demás, había sido ideado en Inglaterra por William Nicholson, por ahí de 1790.

Poco después, Walt consiguió un empleo como recadero (hoy le llamarían pomposamente Office Boy) en un pequeño bufete de abogados. Ahí descubrió que, además de recitar, también le gustaba escribir. Y no sólo eso: además detectó que era un burócrata con aspiraciones poéticas. Pero para infortunio del futuro autordel “Canto a mí mismo”, percibió que ahí no necesitaban escritores ególatras que, en algún momento de su vida, llegarían a decir: “Yo me celebro y yo me canto… a mí mismo”, sino a intercesores diligentes, menos vanidosos y más dispuestos a llevar litigios, realizar cobranzas, ofrecer consultas jurídicas, elaborar contratos y toda suerte de actividades legales que, en definitiva, chocaban con las aspiraciones líricas de un hombre que, años más tarde, terminaría diciendo: “Soy el poeta del Cuerpo y soy el poeta del Alma”.

Poeta —aunque todavía sin brillo—, una noche salió a probar suerte lejos de todos aquellos trabajos anodinos. Con las barbas crecidas —aunque todavía no tan largas como las de su ídolo Matusalén— anduvo deambulando de pueblo en pueblo, como un indigente, buscando un empleo que le procurara un poco de dinero y algo más de tiempo para dedicarse a sus labores líricas. “Soy el que camina con la tierra y creciente noche”, apuntaría años más tarde.

De hecho, durante los cinco años que siguieron Walt Whitman trabajó como profesor —siempre mal pagado— hasta en nueve ciudades distintas. La verdad es que nunca duraba mucho en los trabajos. Barbudo, y siempre con alguna cita bíblica en la boca, anduvo repartiendo poemas y cuentos en todas las publicaciones que le salían al paso. Pero, a juicio de los editores que revisaron los trabajos que trató de enjaretarles, se trataba de piezas y cuentos mediocres.

Pese a todo, Walter redactaba bien — sus ideas eran ordenadas, usaba frases cortas, utilizaba pocos adjetivos y, aunque utilizaba algunas palabras rebuscadas, empleaba adecuadamente puntos y comas— y fue aceptado como aprendiz en The Patriot, un semanario de Long Island.

La paga era una miseria y, en un acto de rebeldía, se cambió a The Long-Island Star, la competencia. Pero, una vez más, el inestable poeta salió huyendo de ahí. Un viejo amigo editor, al verlo tan menesteroso, quiso tenderle la mano y lo recomendó con un político local para que lo ayudara escribiendo discursos políticos. Lo hizo.

Pero, pasado un tiempecito, volvió a salir por pies.

Lo curioso de todo es que Canto a mí mismo, el poemario más conocido de Whitman, —y que cualquier político de medio pelo toca a la hora de hablar sobre la democracia— es una obra atiborrada de recalcitrantes giros prosaicos que abusa del versolibrismo. Pero, siendo sinceros, este Canto no le debe su trascendencia a su alta calidad poética (ni a su baja estrofa), sino a la bonhomía pastoril de su mensaje: aquí hombres y mujeres son iguales, y cada uno puede hacer lo que sueñe y le pegue la gana. ¡Ya está! A eso, simplemente.

Y aunque el resto de su poesía nos repite la misma cantinela, en diferentes modulaciones, el acierto de Whitman fue saberse pronunciar contra el puritanismo, clamar por la democracia, negarse a pagar impuestos y, para mayor melodrama, confeccionarse una perfecta imagen de vagabundo. En lo que a mí respecta, Walt Whitman me parece más un luchador social que le canta a la trova democrática que un poeta. Es más: sus propios epígonos: Wallace Stevens, D. H. Lawrence, T. S. Eliot, Fernando Pessoa e incluso Hart Crane me parecen altamente superiores.

Pese a todo, el catedralicio Harold Bloom —cuyo máximo elogio es comparar a todos los autores que le agradan con el autor de Hamlet— contradice mi postura y, con mayores galardones académicos, ha descrito al autor del Canto a mí mismo como “el Shakespeare estadounidense”.

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IM/CR

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