La desaparición de más de 132 mil personas en México no es solamente una tragedia humanitaria: es una de las heridas más profundas del Estado mexicano y una prueba devastadora de sus deudas con la justicia. Una herida abierta, como fosa, que hunde en la zozobra a miles de familias.
Un drama nacional que clama justicia ante índices de impunidad y corrupción alarmantes y promesas de autoridades sin cumplir. Detrás de cada nombre hay una historia interrumpida, una familia condenada a vivir entre la esperanza y la angustia, y una sociedad que corre el riesgo de acostumbrarse a una barbarie que nunca debería parecer normal.
En ese escenario, la entrega del libro “Un nombre, mil voces” al papa León XIV, por parte de monseñor Ramón Castro Castro, presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM), es un llamado de atención sobre una crisis que las instituciones mexicanas no han logrado resolver y que sigue acumulando víctimas, expedientes inconclusos y familias obligadas a convertirse en investigadoras ante la ausencia de respuestas.
La publicación reúne, en más de 200 páginas, los rostros, nombres e historias de personas que continúan sin ser localizadas, además de testimonios de sus familiares y de los colectivos que persisten en su búsqueda. Su valor fundamental consiste en devolverles identidad a quienes, en medio de estadísticas y discursos oficiales, corren el peligro de convertirse en cifras anónimas.
Porque los desaparecidos no son números. Son hijos, hijas, madres, padres, hermanos y amigos. Son personas arrancadas de su vida cotidiana, cuya ausencia transforma para siempre la existencia de quienes los esperan. Y son también una pregunta incómoda para el poder: ¿cómo puede un país hablar de transformación, bienestar y justicia mientras miles de familias siguen sin saber dónde están sus seres queridos?
Según el registro Nacional de Personas Extraviadas o Desaparecidas en Méxicodesaparecen 11 personas al día; eso significa una persona cada dos horas. Sin embargo, colectivos de buscadores aseguran que “a diario desaparecen más de 20 personas, sin que nada pase. Y esa normalización constituye otra derrota para las instituciones.
La crisis de desapariciones no puede enfrentarse con comunicados, homenajes ni declaraciones de solidaridad que desaparecen de la conversación pública al día siguiente. Exige investigaciones eficaces, coordinación entre autoridades, recursos suficientes, identificación de restos humanos y mecanismos que permitan conocer la verdad.
Exige, sobre todo, que las víctimas y sus familias dejen de ser tratadas como una carga administrativa y sean reconocidas como personas con derechos que el Estado está obligado a garantizar. No basta con reconocer el dolor de las víctimas; hay que actuar para reducirlo.
La dimensión moral de esta tragedia no puede separarse de su dimensión política. Gobernar también significa garantizar que nadie desaparezca. Así las cosas, “Un nombre, mil voces”, evidencia el fracaso que México no puede ocultar.
@guillegomora