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Addio, pagliaccio

Addio, pagliaccio

Columnas miércoles 14 de junio de 2023 -

Payaso, prestidigitador, primer ministro de cabaret, verdulero, incompetente, vulgar, autoritario, incapaz, analfabeto, mitómano y, sobre todo, cínico, “el mayor de los cínicos”. Todas estas cosas se dijeron sobre Silvio Berlusconi, quien falleció hace un par de días víctima de leucemia. Este magnífico tramposo fue el hombre más rico del Italia, su jefe de gobierno con más tiempo en el poder desde 1945 y, de hecho, dominó la escena política hasta el final de sus días. Fue cruzado principal de la llamada “antipolítica”, precedente de Trump y de todos los populistas actuales, esos bribones expertos en la manipulación de las masas. Con su aspecto de guiñol de sí mismo, pagliaccio itinerante, estrambótico estruendoso, inculto y de un inveterado mal gusto, hacía sentir a todos los italianos mucho más en “democracia”. Por eso es el precursor de la ola populista actual.
Los italianos se sentían cómodos con él porque se veían en un espejo donde se identificaban. Ese es, precisamente, el secreto de los populistas: rompen el tedio de la política tradicional, insultan constantemente a sus rivales, apelan a eslóganes sencillos y pegajosos y hacen chistes más o menos subidos de tono. Sus gafes son parte de su atractivo. Ese desprecio jactancioso hacia la corrección política les ha permitido construir personajes corrientes capaces de “conectar” con la gente, especialmente con el electorado menos formado.
Desde el final de la Segunda Guerra Mundial Italia ha sido un “laboratorio” de la ciencia política. Pululan los analistas de la caída de los grandes partidos tradicionales, del proceso Mani Pulite, del surgimiento de la antipolítica y del desfile de formaciones estrafalarias como la Forza Italia de Berlusconi, la xenófoba y ex separatista Liga de Matteo Salvini, el movimiento Cinque Stelle del humorista-agitador Beppe Grillo y de los Fratelli d´Italia de la primera ministra Giorgia Meloni. Este país prefiguró involuciones hoy pauta general en las democracias occidentales. Sucedió, primero, con la tendencia de los partidos a ejercer una hegemonía sobre el Estado y la sociedad civil (la “partitocracia”), después vino la degeneración de los tradicionales partidos de masas, la personalización de la política llevada hasta el extremo con Forza Italia y Berlusconi, la desaparición de las ideologías decimonónicas y la poderosa presencia del discurso antipolítico. Pero la de Berlusconi y tantos demagogos y populistas actuales no es una antipolítica de rechazo de la política (y al Estado) en sentido pleno, como en las tradiciones libertarias y anarquistas, sino es mero repudio a la clase dirigente profesional y a los partidos e ideologías tradicionales usando un discurso simplificador, siempre polarizador, cuya simpleza cumple una función paradójica: dar la sensación a la gente de “esto sí se entiende” porque posee la claridad ausente muchas veces en el debate y la operación democrática.


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