Ukrania fue parte integral del imperio de Todas las Rusias. Preciosa joya de los Romanov, que resguarda dos símbolos del patrimonio imperial: Borodino, escenario de una de las más imponentes batallas de las campañas napoleónicas y Sebastopol, puerto naval de la flota del Mar Negro, regada con la sangre de una armada batida a muerte durante la invasión internacional durante la guerra ruso-turca. Ambos hechos son relatados por el Conde Lev Tolstoi en La Guerra y la Paz, y en La Guerra de Crimea.
El granero del Imperio se convirtió en el último reducto de los sobrevivientes de la Casa Imperial amenazada por la horda bolchevique, al refugiarse en sus respectivas casa de verano en Yalta, y ser evacuadas mediante apoyo británico. La última costa que pisaría la casa imperial, sería la de la ahora Ukrania, que siempre fue comprendida como parte del orgullo de la dinastía.
La historia cambiaría con el arribo soviético y los planes del dictador Stalin que, en pos de industrializar a su tiranizada tierra, requisó los granos de los campesinos de las riberas del río Don, del Cáucaso y de Ukrania, donde los muertos se contarían por millones, repitiendo la genocida idea de Lenin (el “socialismo de guerra”), en donde la posesión de grano, representaría la condena de muerte al campesino o los campos de trabajos forzados que poblaron la taiga siberiana convertida en calabozo comunista.
La violencia del tirano soviético, engendrará eso que la actual campaña rusa sobre las tierras ucranianas no quieren comprender: la identidad nacional: un cántico de liberación nacional. El comunismo engendró el deseo de ser libre.
Cuando en México, ante el actual conflicto provocado unilateralmente por Vladimír Putín, olvidando lo infame de la invasión, un conjunto de diputados ha formado un grupo de amistad ruso-mexicano, en un imprudente paso que pretende mantener vínculos con un invasor, cuando este se encuentra bajo los escombros de su pública miseria, a la que no le importa bombardear teatros con miles de niños refugiados, y lanzarse en una campaña que en todo nos recuerda la supresión de los estudiantes de Praga, en el mítico 1968, cuando tanques soviéticos invaden el reino bohemio para mantener la hegemonía de su dictadura comunista.
México no puede tolerar semejante afrenta a los principios de la civilización, al promover en el mismísimo Congreso, un acercamiento que a todos nos debería llenar de vergüenza.