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JOGO BONITO

JOGO BONITO

Columnas jueves 16 de julio de 2026 -



El futbol llegó a Brasil a principios del siglo veinte, traído desde Inglaterra, por hijos de europeos avecindados en el país. En los clubes de la elite, los socios jugaban en canchas de tamaño reglamentario y empastadas como alfombra. Durante un tiempo, estos niños ricos fueron los únicos que practicaron el deporte. Sin embargo, pronto pasó a la clase trabajadora, sólo que de una forma muy diferente; en los barrios pobres se improvisaban canchitas de tierra en lotes baldíos y callejuelas. Los niños, muchos de ellos descendientes de esclavos africanos o indígenas amazónicos, pateaban descalzos, pelotas hechas de trapo hacia porterías marcadas con piedras o palos.

La precariedad del medio forzó a estos futbolistas a desarrollar habilidades especiales para sortear piedras, hoyos e irregularidades de la “cancha”. Espontáneamente, la cultura ancestral se incorporó al juego; las danzas africanas, la samba y la capoeira se combinaron en una serie de malabares y ritmo. Todo el cuerpo entró en acción: cabeza, hombros, rodillas y espalda con el único fin de controlar mejor la pelota. Había nacido el Jogo Bonito, que se encontraba en las antípodas del futbol rígido y acartonado practicado en otras latitudes.

En el mundial de 1958 en Suecia, Brasil y su Jogo Bonito sorprendieron al mundo; Vavá, Garrincha y Pelé –el más grande futbolista de todos los tiempos–, hicieron alarde de creatividad, destreza y alegría sin par en la cancha. Un estilo de jugar al futbol que muchos no habían visto y significó una revolución. Durante décadas Brasil fue el corazón y el alma del balompié, el lugar donde se convertía en arte. Obtuvo tres de los siguientes cuatro mundiales y fue el equipo más ganador de la historia. El futbol era el orgullo de una nación; cada niño que pateaba una pelota en las favelas y pueblos del país quería emular a los héroes y aprendía el Jogo Bonito, que pasaba de generación en generación como parte de una identidad.

Por entonces, los jugadores brasileños no solían emigrar en masa al extranjero y se formaban en los clubes locales (Pelé jugó casi toda su carrera en el Santos). En las décadas posteriores, el estilo fue el sello particular de Brasil en todas las categorías y siempre era considerado uno de los favoritos. La selección que participó en el mundial de España 1982 (Sócrates. Falcáo, Cerezo, Zico, Éder, Junior), lo llevó a su máxima expresión y, aunque no obtuvo el campeonato, es recordada como uno de los mejores equipos de todos los tiempos.

Pero el Jogo Bonito brasileño entró en una crisis de la que tal vez no podrá salir. Después de la tragedia del mundial de 2014 jugado en casa, cuando la verdeamarela perdió estrepitosamente 1-7 contra Alemania en semifinales, no ha sido capaz de obtener grandes triunfos. Muchos especialistas lo atribuyen a que los futbolistas brasileños ya no se forman en los barrios, porque llegan casi desde niños a las academias europeas. Como resultado, se convierten en jugadores individualistas, demasiado apegados a la rigidez táctica, perdiendo así su esencia.

Cuenta la mitología griega que, Hércules, mientras buscaba las manzanas de oro del Jardín de las Hespérides, se topó con el gigante Anteo, quien lo retó a un duelo a muerte. En el combate, Hércules derribaba a Anteo una y otra vez, pero este se levantaba con mayor fuerza, porque su madre, la diosa de la Tierra Gea, le infundía un poder que lo hacía invencible. Dándose cuenta de ello, Hércules levantó en vilo al gigante y lo sostuvo en el aire, y al perder contacto con la tierra se volvió más débil, hasta que le partió el cuello acabando con él. ¿Así Brasil? Hasta el jueves…


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