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Columnas
Cuando un país ha tenido tanta confusión devenir y mentiras en su historia reciente, es necesario realizar públicamente juicios post mortem. Así como hay homenajes a los muertos periódicamente, deberían establecerse juicios a los malos funcionarios del pasado, aunque estén muertos.
Los medios periodísticos tienen la grave responsabilidad de ocultar los excesos de los represores que actuaron desde mediados del siglo pasado, asesinando y desapareciendo jóvenes, profesores, líderes sociales, activistas y estudiantes.
La guerra sucia tuvo responsables, como en las actividades de la Dirección Federal de Seguridad, cuyos jefes eran verdaderos asesinos, gozaban torturando y observando el sufrimiento a jóvenes y verlos morir a golpes. Sus nombres se escuchan ahora como referente de la defensa de la paz social que salvaron al país de un comunismo inexistente.
Funcionarios, policías, militares de todos los rangos, porros, judiciales, no han sido juzgados ni siquiera por la historia, aún muertos siguen en la impunidad. Imposible encontrar culpables de represión en los medios cuando éstos eran sus encubridores.
Cuando salen a relucir estas responsabilidades, los secretos que apuntalaban el poder y culpables del desastre que dejaron en el país, la actual oposición, que eran los dueños del poder político y militar, rechazan dichos contenidos hasta en los libros de texto de primaria. La verdad para ellos siempre fue ocultada y el país no puede seguir con esas lagunas históricas.
Impulsaron la violación a los derechos humanos, hasta hacerla parte de la investigación policiaca. Entre los culpables se encuentran el capitán del Ejército, Fernando Gutiérrez Barrios, Miguel Nazar, Tomás Morlet, Luis de la Barreda, Quiroz Hermosillo, Acosta Chaparro, García Luna, etc.
La impunidad era tal que se desconocen las verdaderas actividades de grupos represivos como la DFS, que desde 1947 realizó ejecuciones extrajudiciales, torturas, desapariciones, etc.
Muchos de los torturados, desparecidos, encarcelados por la DFS, las policías estatales o el Ejército querían un país mejor. Ahora no sólo quedaron en el anonimato sino en el apando de la historia. Se trata de un punto negro de nuestra historia que cuando se intenta darle luz, todavía los defensores del viejo régimen, ahora en la oposición, se niegan revelar.
Los mexicanos no podemos olvidar a las víctimas de la tortura, ni dejar en la impunidad a sus verdugos. Habrá que castigar incluso a los muertos, que derramen vergüenza en lugar de orgullo a sus descendientes, y dar a conocer a los guardianes del autoritarismo, los homicidas impunes, los torturadores, durante más de 50 años, en nombre de una tranquilidad social, que se impuso a sangre y fuego.
Honor a quien honor merece a los sometidos y condena histórica a quienes violaron la dignidad inquebrantable, cuyas casas allanaron con niños presenciando la detención de sus padres a quienes en ocasiones no volvieron a ver por ser sospechosos de subversión.