En la relación entre dos países hay elementos que no pasan del anecdotario y quedan en segundo plano cuando existe manejo diplomático, prudencia, como ha sucedido en el caso México-Estados Unidos.
De no ser así, la situación sería distinta, estaría descompuesta. Lo que hay es disposición a dialogar y lograr acuerdos. Prueba de ello son los contactos virtuales entre los gobernantes y el encuentro presencial programado para el próximo 9 de septiembre.
Son nimiedades el hecho de que presidente Andrés Manuel López Obrador no felicitara inmediatamente a Joe Biden después de los resultados de las elecciones, la aparente mayor simpatía por el antecesor Donald Trump y el cambiarle de nombre al cargo de la vicepresidenta Kamala Harris al recibirla en Palacio Nacional.
Cierto que hay formas que se deben cuidar y calificativos que se deben evitar, pero tampoco se podrían tomar como si fueran lo medular cuando existen otros temas que realmente interesan y afectan a los pueblos.
La relación avanza por el camino del diálogo, en este sentido han sido los pasos de las dos partes, más ahora que ambos presidentes se caracterizan por la moderación y el respeto, no por actos impulsivos e impropios como sucedía con el tuitero Donald Trump.
Andrés Manuel López Obrador en ningún momento se subió al ring con Trump, no se enredó en pleitos verbales. Procuró el respeto y terminó por conseguirlo de su contraparte. En ese contexto se negoció y concretó el tratado comercial firmado junto con Canadá.
No se puede perder de vista que Estados Unidos es una de las naciones más poderosas del mundo, con la desventaja que esto puede representar para un vecino modesto como México. Por eso es entendible que haya cedido a la advertencia de Trump de imponer nuevos aranceles si no se reforzaba la frontera sur. Es el precio de estar tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos.
También hay que reconocer que había demasiada flexibilidad para atravesar el río Suchiate sin papeles migratorios, así que tampoco fue un despropósito emprender acciones para ordenar esa zona fronteriza.
Sería irresponsable ponerse al tu por tu con el gigante. Más vale el trato cordial para procurar el consenso. Sentarse en la mesa para llegar al arreglo que beneficie a las dos naciones.
A diferencia de Trump, ahora hay en la Casa Blanca un moderado y cuidadoso de las formas. En ningún momento ha salido de su boca una bravata o insulto hacia su interlocutor.
El bagaje intelectual de los personajes puede influir en el trato, aunque siempre pesarán mucho más los intereses y los pueblos que representan los mandatarios. Lo que debe ser más trascendente e importante para ambos.
La agenda es lo que cuenta, la esencia en una relación. Lo saben los presidentes y de eso se ocupan. Viene diálogo económico del alto nivel, la revisión de situaciones de emergencia como la pandemia, la cooperación para el desarrollo en el sur de México y Centroamérica y el desarrollo de infraestructura fronteriza.
Sin duda, cuando se tiene un vecino muy poderoso, lo mejor es recurrir a los argumentos de la diplomacia, la inteligencia, la razón, el respeto, la dignidad, lo justo y el derecho internacional.
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