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El por qué de la Transparencia

El por qué de la Transparencia

Columnas viernes 14 de abril de 2023 -


En el mito de Giges, Platón desarrolla una de las grandes cuestiones que la humanidad avista cuando se confronta con el poder: ¿Qué harían si tuvieran la cualidad de hacerse invisibles? Giges es un campesino que encuentra un anillo que le hacía invisible cuando lo ponía en su dedo. Consciente del beneficio adquirido, se lanza a las habitaciones palaciegas donde la reina reside y encuentra la manera de seducirla, convirtiéndose en su amante, conspirando contra el marido, el rey, al que terminaría por derrocar y asesinar.

Encontrarse fuera del alcance de la mirada pública, podría parecer que demarca la jurisdicción de la ética. El sueño de cuanto sujeto quisiera impunemente ejercer su acción sin sufrir consecuencias, lleva la impunidad a niveles que podemos atestiguar cada vez más en nuestro ciberespacio, o en el proyecto de impunidad de los demagogos.

Las infecciones con malware, cada vez más sofisticadas, trastornan la noción que se había construído de realidad, arrojándonos a otra de las grandes hipótesis filosóficas como la del “genio maligno” de Descartes: una entidad manipuladora de nuestra conciencia. Si a todo lo que llamamos conocimiento, proviene de la manipulación perniciosa de un patógeno invisible, sólo nos queda por confiar en que la entidad engañada ("yo") tiene por segura solamente a su conciencia como realidad indubitable.

Ser manipulado en el ciberespacio es una realidad que puede golpearnos en lo más hondo de nuestra identidad, al descontrolar completamente ese conjunto de categorías que con cierta seguridad, nos ofrecieron la orientación perdida mediante ataques, o bien, a través de los discursos manipuladores de los demagogos lucrando con nuestras miserias, sacrificándonos en el descontrol, y después, el odio.

Sea Giges o sea el Genio Maligno, Platón o Descartes, la advertencia es clara: tengan cuidado en todo lo que creen, y que aún y teniendo todas las posibilidades para impunemente atentar en contra de algo, el poder de la ética se imponga sobre una conciencia que no por estar fuera de la vista y del castigo, obligue a la voluntad a someterse a esos principios universales de bien por el que tanto trabajó Kant en su época. Recordemos su imperativo categórico: “actúa de tal manera, que la máxima de tu acción se convierta en ley universal”.

Los sistemas políticos contemporáneos, conscientes de la dificultad de confiar en los seres humanos, o en los casos voluntariosos coincidentes con la ética kantiana, deben de fortalecer el poder de las instituciones políticas y sus leyes, para que a través de las respectivas agencias estatales de transparencia, los gobiernos se sometan al escrutinio público, espantando a millones de Giges potenciales, o a Genios Malignos transmutados en sendos demagogos, tiranos vulgares de la propaganda, evitando la destrucción de nuestras libertades.


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