A un año del inicio del nuevo gobierno, desde la quinta “La Chingada” volvió a escucharse una voz que, en realidad, nunca dejó de resonar. Desde la tierra que heredó de sus padres —“donde empezó una vida nueva”— el expresidente Andrés Manuel López Obrador reapareció para hablar de aquello que afirmó ya no comentaría públicamente: política. Y lo hizo, también, para presentar su libro número 21, Grandeza.
Que López Obrador intervenga en la conversación publica nunca es un acto menor. No solo por haber sido titular del Poder Ejecutivo o fundador del partido en el gobierno, sino porque su figura funciona como un referente sobre el que se levanta el actual proyecto de gobierno. Su voz, por tanto, es un elemento de gran relevancia que no podemos dejar de lado.
Si bien las motivaciones que explican su reaparición no están del todo claras, ni las implicaciones que tendrá, es importante analizar su significado, sobre todo porque la política mexicana suele moverse particularmente en el terreno de lo informal, donde las señales, silencios e irrupciones cumplen funciones determinantes.
En un vídeo de casi cincuenta minutos, de los cuales unos quince dedica a explicar su libro, López Obrador expone un balance de los logros de su movimiento y la manera en que observa el país tras su salida del poder. De su mensaje destacan tres elementos: el reconocimiento al liderazgo de la presidenta Claudia Sheinbaum; la afirmación de que su tiempo terminó y que no es una figura insustituible ni un cacique; y su señalamiento de que su “jubilación política” no es definitiva.
Sobre su regreso, fiel a su estilo, señaló que no dudaría en salir a las calles si ocurrieran tres escenarios: que se vulnere la democracia; que hubiera presiones indebidas sobre la presidenta para buscar desestabilizar su gobierno y fuera necesario defenderla; y ante la amenaza de un golpe de Estado que pretenda acabar con la soberanía. Estas afirmaciones, que apelan al patriotismo y al deber de proteger el proyecto, también revelan una realidad política: López Obrador se retiró del cargo, pero no del espacio de influencia. En este primer año de gobierno ha permanecido como un actor central. Ejemplos sobran.
En el mitin que conmemoró los siete años de la 4T en el poder, se exaltaron los logros alcanzados, los retos que se tienen y, por supuesto, del papel de López Obrador. Este reconocimiento reiterado a su figura confirma que, aunque ya no ocupa ningún cargo, su liderazgo sigue funcionando como un pilar fundamental. No es casual que la presidenta se refiera a él, aunque sea de “cariño”, como “presidente”, una expresión que solo refuerza la idea de su papel.
Así, su mensaje puede observarse como una reafirmación del capital simbólico y liderazgo moral que tiene y representa, de ahí la relevancia de su invitación a la unidad y fortalecimiento del liderazgo presidencial. Pero también puede verse como un señalamiento, de que en caso de ser necesario no dudaría en intervenir de nuevo.
En un momento en que el gobierno necesita afirmarse con autonomía y construir su propio estilo, si bien el apoyarse en símbolos le puede ayudar a ello también le puede resultar riesgoso. El ejercicio del poder requiere claridad en su conducción para ser efectivo, en este sentido, ningún liderazgo puede consolidarse si permanece a la expectativa de una eventual reaparición de otro.
La reaparición de López Obrador, confirma que se fue pero nunca se fue del todo y su presencia —real o simbólica— seguirá marcando el ritmo, a menos que el nuevo gobierno logre transformar esa herencia en un activo más que un límite.