El sociólogo francés Maurice Duverger dividió a los institutos políticos principalmente en dos grandes categorías: los partidos de cuadros y los partidos de masas. Los primeros, propios del siglo XIX, son agrupaciones de notables y élites que buscan aglutinar influencia y financiamiento sin preocuparse demasiado por la afiliación masiva. Los segundos, surgidos con la extensión del sufragio universal, dependen de la movilización de amplios sectores de la sociedad, estructurándose de manera piramidal y apostando por la cantidad de sus militantes para sostener la acción política y ganar elecciones. Hoy solo los segundos son políticamente correctos.
Por supuesto que hay muchas otras clasificaciones en la politología contemporánea, y es innegable que la de Duverger tiene ya sus años. Sin embargo, resulta profundamente ilustrativa cuando decidimos utilizarla para contraponerla al laberíntico sistema político mexicano. Y es que, desde los egregios tiempos del partido hegemónico creado por Plutarco Elías Calles en 1929 —el Partido Nacional Revolucionario, abuelo de lo que hoy conocemos como PRI—, México ha conformado un sistema de partidos muy atípico, y a veces, abiertamente simulado.
Si intentamos encajar al PRI histórico en los moldes europeos de Duverger, el modelo simplemente se rompe. A diferencia de las organizaciones descritas por el francés, el PRI no fue creado para competir en elecciones frente a otras fuerzas políticas. Su génesis no responde a la necesidad de aglutinar masas para derrotar a un adversario en las urnas. Su objetivo fundacional fue mucho más crudo y pragmático: distribuir el poder político entre grupos e individuos fuertes, tanto a nivel nacional como local, tras la sangrienta resaca de la Revolución.
Durante la mayor parte del siglo XX, las elecciones en México eran una mera formalidad, un ritual cívico diseñado para legitimar al régimen, pero vacío de incertidumbre democrática. La verdadera competencia, la política real y encarnizada, se daba al interior del partido por la obtención de las candidaturas. Algunos fraudes electorales monumentales están grabados y asumidos por nuestra memoria política, pero la realidad de aquella época a menudo era menos espectacular y más aplastante: a veces el PRI ganaba simplemente porque no había ni competencia, ni votantes reales, ni nada que se le opusiera en las casillas.
Paradójicamente, este instituto político se creó para darle un cauce pacífico a la alternancia entre las élites. Calles entendió que la única forma de frenar los asesinatos entre generales era institucionalizando el reparto del país. Así, el PRI logró pacificar a la nación y organizar la transición del poder sin que dos características fundamentales y arraigadas de la política mexicana se perdieran: el caudillismo y el tribalismo.
Las tribus revolucionarias y los caudillos regionales no desaparecieron; simplemente cambiaron el campo de batalla militar por las asambleas y los pasillos del partido oficial. MORENA no es, por ello, el nuevo PRI, sino algo mucho más primitivo: un muégano tribal mezcla de barra brava y hueste del cura Hidalgo. Los caudillos siguen refugiándose en sus feudos, y los feligreses, conversos y advenedizos se lanzan a patadas sobre el caído semanal. Se empieza a hablar, casi en todo el país, de que lo importante es ganar la candidatura, porque la elección está segura. Osea, que algo del ADN se antoja familiar, algo muy revolucionario, y muy mexicano; muy nuestro, pues.