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Columnas
La instrucción de la Presidenta de México fue clara: “en orden”. Y si algo no ha habido es “orden”. Me refiero al comercio informal en las calles de la Ciudad de México, que ha pauperizado sus calles a niveles inimaginables hace tan sólo unos meses. Claramente hay desacato, y la autoridad debe de tomar cartas en el asunto, porque los daños al patrimonio y a la economía de la Urbe que aporta el 18% del PIB nacional, puede llegar a proporciones mayúsculas. Expondré dos casos de los que soy testigo: Paseo de la Reforma y la Plaza Tolsá, todos ellos bajo jurisdicción federal y no de la alcaldía, solamente para aclarar que no hay permisos de la alcaldía para ese comercio legalmente prohibido.
El más importante paseo del país y, sin duda, uno de los más bellos del mundo, está convertido en una ciénaga degradada donde cualquier negocio cuesta en su instalación fortunas enormes, que bien vale la pena invertir, cuando existe la certeza de que el espacio va a funcionar como el corredor histórico-financiero que es, y no como un tianguis informal y sucio. Los otrora bellos prados del paseo, son ahora letrina pública donde los comerciantes hacen sus necesidades y arrojan aguas grises de sus enseres de cocina. El olor fétido y la fauna nociva atraída por tantas “delicias”, viven días de gloria ante la insalubridad de nuestro muy amado espacio.
La Plaza Tolsá amaneció el día lunes 20 de diciembre con una invasión de ambulantes, en donde destaco a un despreocupado vendedor de quesadillas, plácidamente usurpando el espacio de la entrada del zaguán del edificio patrimonio de la humanidad. El tanque de gas es sin duda un peligro para la seguridad del edificio y de las miles de piezas custodiadas por trabajadores especializados, que día a día ofrecen sus conocimientos para la conservación de las riquezas del país; que siendo orgullo para los capitalinos, es un acervo mundial que no puede quedar a expensas de los líderes que plácidamente veían cómo sus “protegidos” iniciaban el negocio que a costa de nosotros, pronto les representaría una suculenta ganancia.
A todo islote de degradación ambulante, lo antecede una corrupta red de compadrazgos que, amenazando a las autoridades locales, encargadas del ordenamiento urbano, les cuestan extorsión, amenazas, insultos y violencia -incluyendo de transeúntes, que creen que protegen a esas personas en su aparente estado de necesidad, pero sin considerar toda la mafiosa cadena de corrupción que se encuentra detrás de ellos-.
Apelar a la ciudadanía para defender el espacio de todos nosotros, eso que nos heredaron nuestros abuelos con tanto orgullo, y que es la mejor cara de un México que tiene que confrontarse con su famosa violencia, es un deber sagrado del que no debemos abstraernos