El reconocimiento de los derechos individuales, de los que habrán de desprenderse los reconocimientos identitarios que llegan hasta nuestros días (identidad sexual, género, ambientales, etc.) sí son liberales. La pregunta sería ¿cuál es el problema? Podemos contestar sin ninguna ambigüedad que todos ellos representan un avance civilizatorio; una conquista de la humanidad frente a cualquier pretensión autoritaria en donde efectivamente o el sujeto es presa fácil de poderosos, o víctima de imposiciones comunitarias que no dejan mucho margen de acción al surgimiento de la personalidad independiente, cara para las sociedades modernas.
Una parte de la izquierda, como la socialdemócrata, por fortuna, ha retomado y hecho suyas estas causas surgidas del liberalismo clásico en figuras tan prominentes como el John Locke del Segundo Tratado del Gobierno Civil, en donde refiere a los derechos naturales como intrínsecos al ser humano, intransferible, inalienables e irrenunciables, pues con nuestra característica de seres inteligentes y libres, nos vienen atributos sobre los que se construye nuestra identidad, nuestra dignidad y, sobre todo, nuestra integridad ante las pretensiones autoritarias de sistemas o déspotas.
El liberalismo tiene un enemigo: el autoritarismo de lo que sea, en especial, en la propiedad de la persona, producto de su esfuerzo e inventiva que siempre queda, junto con la integridad física del propietario, a merced de los intereses personales de los poderosos. Las guerras, las movilizaciones de masas, las políticas expropiatorias, han sido una de las comunes prácticas autoritarias, incrementadas con los fortalecimientos de los estados. El estado liberal por supuesto que construyó un poderoso dique que justificara una teoría del poder limitado y dividido en tres poderes, y por otro, independizara al sujeto del dominio comunal que nunca se caracterizó por su permisibilidad, y donde podemos encontrar el yugo machista, el paternalismo, la intransigencia religiosa y cuanto prejuicio se sume, manifiestando los impedimentos del progreso de la persona y de la ciencia.
La izquierda radicalizada, que asumirá que los derechos individuales son “burgueses”, sin equivocarse, problematizan todo cuando, siguiendo su chocante hábito, lo transforman en ideología, y no solamente los desprecia ad hominem por burgueses, sino por su romantizada apuesta por el comunitarismo. Cierto es el debilitamiento personal de una persona luchando en lo individual contra el mundo, aunque lo cierto es que el esfuerzo del conflicto lo revalora cuando desarrolla capacidades y triunfa en una sociedad individual.
La más conservadora izquierda, cree en la protección de la comunidad y que la lucha por los derechos no debe de ser particular, sino general, por supuesto que aplastando a todo el que no piense como ellos.
En nombre de la socialización, la izquierda revolucionaria se lanzó con furia asesina a tragar individuos: pensadores, luchadores sociales, críticos, artistas. La democracia jamás fue su fuerte. Los gulags sí.