Pocos años después de que la Segunda Guerra Mundial llegase a su final, el mundo quedó literalmente dividido en dos polos opuestos: el occidental, con Estados Unidos a la cabeza y el oriental, liderado por la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Capitalismo y comunismo libraron una lucha sorda por la supremacía política, cultural y económica, en la cual no hubo un enfrentamiento bélico directo, porque la existencia de los arsenales nucleares, de uno y otro garantizaban la destrucción mutua, sin ningún bando ganador. Fue una guerra sin armas en diferentes ámbitos: exploración espacial, ciencia, tecnología, academia y deporte, cuyo único objetivo era demostrar qué sistema era el mejor.
Desde 1948 los soviéticos acapararon el campeonato mundial de ajedrez; para ellos el deporte ciencia era extremadamente importante e invertían grandes recursos en su desarrollo, nadie era capaz de retar su dominio. Resultaba el medio ideal para demostrarle al mundo la superioridad de su aparato educativo. Hasta que un jovencito estadounidense, llamado Robert James Fischer, logró destrozar, él solo, a la potencia ajedrecística rusa.
Bobby Fischer nació en Brooklyn, Nueva York, en 1943. Educado por su madre, Regina, una brillante inmigrante judía de origen ruso, desde niño mostró tener facilidad para aprender idiomas, llegó a hablar con fluidez cinco, entre ellos el ruso. También le gustaban los deportes, en especial el hockey, pero todo cambió cuando su hermana le regaló un pequeño tablero de ajedrez. El niño se obsesionó con el juego hasta extremos que preocuparon a su madre, quien lo llevó con un terapeuta. Pero éste le recomendó dejarlo hacer lo que más le gustaba; a partir de entonces Bobby sólo pensaba en ajedrez y se tomó el asunto con total seriedad, tanto así, que pocos años más tarde abandonó los estudios para dedicarse de tiempo completo a su pasión-obsesión. “El ajedrez era como mi alter ego”, dijo en cierta ocasión.
Su ascenso fue meteórico, a los 11 años entró a competir a los clubes de Nueva York, donde destrozó a todos; a los 12 competía con éxito contra los mejores ajedrecistas del país; a los 13 participaba en partidas múltiples en las que enfrentaba simultáneamente a decenas de oponentes y ganó el campeonato nacional junior, el más joven en lograrlo. En vista de que dominaba el idioma ruso, se dedicó a estudiar a los grandes maestros soviéticos. En el mundo del ajedrez ya se sabía de la existencia de un niño prodigio estadounidense, los ojos estaban puestos en él. En 1958, con 14 años, Bobby compitió en el campeonato nacional de los Estados Unidos y lo ganó con una facilidad pasmosa, ni siquiera tenía edad para conducir y ya era el más temible oponente. Un Gran Maestro lo definió: “Cuando te enfrentas a Bobby Fischer sabes que vas a perder, aunque vayas ganando, porque siempre encuentra la manera de darle la vuelta a la partida”.
Obtuvo el título de Gran Maestro en un torneo celebrado en la hoy extinta Yugoslavia, siendo el más joven de la historia. En todo el mundo había menos de mil Grandes Maestros, entre millones de practicantes del ajedrez, sólo ellos tenían la oportunidad de competir por el campeonato mundial. Participó en el Torneo de Candidatos para retar al campeón mundial; terminó en quinto, algo notable para un novato.
Sin embargo, no todo era bueno para Bobby, a pesar de ser un genio tenía serios problemas, era un verdadero desastre, no entendía a nadie y nadie lo entendía, de carácter temperamental, antisocial, se comportaba como un niño caprichoso y en los torneos hacía peticiones absurdas y fuera de lugar amenazando con retirarse si no eran cumplidas.
Continuará…