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La inteligencia artificial en el sector público: integridad y responsabilidad política

La inteligencia artificial en el sector público: integridad y responsabilidad política

Columnas lunes 02 de febrero de 2026 -

El problema de la legitimidad en la toma de decisiones públicas siempre ha sido motivo de análisis y estudio.



En los últimos años ha comenzado a abrirse una nueva interrogante, un tanto incómoda y menos visible: ¿quién decide cuando una parte creciente de las decisiones públicas se apoya en algoritmos y sistemas de inteligencia artificial?



El paso de una reflexión sobre representación a una sobre decisión no es casual. Es un salto natural. Primero cuestionamos si quienes gobiernan representan realmente a la ciudadanía; después, inevitablemente, debemos preguntarnos quién está tomando las decisiones concretas que afectan derechos, recursos y trayectorias de vida. Hoy, en muchos ámbitos del Estado, la respuesta ya no es solo “una autoridad”, sino un sistema técnico.



La inteligencia artificial no ha llegado al sector público como una promesa futurista, sino como una herramienta ya en uso: selección de beneficiarios de programas sociales, detección de riesgos fiscales, priorización de inspecciones y automatización de trámites. El problema no es su existencia, sino el modo en que está siendo incorporada: como si la técnica pudiera sustituir la deliberación política y la responsabilidad institucional.



Hans Jonas advertía que toda acción tecnológica amplía el radio de nuestras consecuencias y, por tanto, ensancha también nuestra responsabilidad moral. El desafío actual es que muchas decisiones públicas comienzan a producir efectos sin un rostro claramente identificable. No hay deliberación visible ni motivación explícita.



Esto genera lo que podríamos llamar un desplazamiento de la responsabilidad política. Formalmente, la autoridad sigue ahí; materialmente, la decisión se apoya en un algoritmo que pocos comprenden, menos aún pueden explicar y casi nadie puede impugnar. El riesgo es evidente: decisiones sin rostro y sin rendición de cuentas.



Conviene decirlo con claridad: el problema no es que la inteligencia artificial decida. El problema es que los humanos pueden buscar dejar de hacerse responsables. Se delega en la técnica lo que debería seguir siendo una tarea política: ponderar, justificar y responder.



Desde una ética pública democrática, ninguna decisión estatal relevante puede quedar fuera del circuito de responsabilidad. Si un algoritmo influye en una decisión, debe poder explicarse; si produce un daño, debe haber una autoridad que responda; si afecta derechos, debe existir una vía clara de revisión.



Los congresos todavía no saben cómo regular plenamente estos procesos, pero muchas administraciones ya los usan. Esa brecha entre uso y regulación es uno de los mayores desafíos contemporáneos. No se trata de frenar la innovación, sino de impedir que la técnica se convierta en refugio para la irresponsabilidad.



Flor de Loto: Al final, la pregunta no es tecnológica, sino política y moral: ¿estamos dispuestos a aceptar decisiones públicas sin responsables visibles? Si la respuesta es no, la inteligencia artificial debe gobernarse: alguien responde.


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/CR

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