Miguel Díaz-Canel será reelecto para un nuevo quinquenio hoy por la Asamblea Nacional del Poder Popular. Cuando llegó al puesto muy pocos auguraban en él a un Deng o un Gorbachov tropical capaz de infundir al régimen cubano de un intenso vigor reformista, y tenían razón. Su gobierno ha sido represivo y continuista. La dictadura solo ha ensayado una apertura económica muy limitada. Es un gobernante títere (un “muñecón”, dicen en Cuba) del núcleo duro de la élite militar y política. Su principal “logro” fue impulsar una Constitución alejada de las expectativas transformadoras y democráticas de los cubanos. También ha promovido una serie de decretos para limitar (aún más) la libertad de expresión en espacios públicos y medios de comunicación alternativos mientras mantiene un obsoleto sistema económico de planificación central solo comparable al de Corea del Norte.
Cuba padece un sistema político de partido único donde la elección presidencial es indirecta, por eso el proceso para la reelección inició en marzo con la celebración de comicios legislativos. Con respecto a 2018, la abstención creció de 14 al 24 por ciento y de entre quienes asistieron a las urnas votó en blanco el 6.2 por ciento y 3.5 por ciento de las boletas fueron anuladas. Uno de cada tres cubanos no optó por la lista oficial del Partido Comunista en un país acostumbrado a la unanimidad de las épocas de Fidel, cuando los índices de participación superaban el 95 por ciento.
Ello se interpreta como el relejo de un creciente descontento provocado por la escasez, desabastecimiento, alzas en los precios de productos básicos, falta de combustible, cortes de electricidad y la ausencia de esperanza en el futuro. Otro drama es el de los cubanos emigrantes, en su mayoría jóvenes: en el último año y medio más de 320,000 entraron en Estados Unidos de modo ilegal. Además, la emigración interna desde las provincias más pobres ha provocado una grave superpoblación en La Habana.
Las restricciones a viajes y remesas adoptadas por la administración Trump (aún vigentes casi todas), sumadas a errores en la política económica cubana generaron una tormenta perfecta. El malestar creciente provocó las manifestaciones de julio de 2021 y el consiguiente agravamiento de la represión.
Priva tanto dentro de la isla como fuera de ella un sentimiento de duelo por un país estancado, pobre y rehén de una clase política envilecida e inepta. Sorprende la persistencia de un proceso desde hace mucho tiempo desahuciado, de un fiasco sin paliativos cuyas características primordiales son la dictadura, la impericia administrativa, la corrupción rampante y una pavorosa anemia económica. Cuba es un país donde el totalitarismo castrista impone hasta en los pequeños detalles de la vida cotidiana la asfixiante supremacía del Estado y su partido a una sociedad indefensa.