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“La verdad” es una noción que, de tan totalizante, no suena siquiera a una posibilidad capaz de ser alcanzada por el ser humano, por lo menos a través de los recursos que la siempre limitada razón nos ofrece. La abdicación a la verdad como posibilidad del conocimiento, es una característica de la ciencia moderna, por lo menos desde que Galileo aportó los recursos procedimentales que han ido desarrollándose de una manera crítica a lo largo del tiempo. Asumir que solamente podemos conocer lo que nuestro ingenio nos permita, gracias a reconstrucciones hipotéticas, completamente artificiosas, con usos rígidos de metodología y lógica, son el sustrato de la ciencia.
La ciencia está conformada por un conjunto de teorías que se encuentran en permanente competencia, diría T. Kuhn, en su célebre “Teoría de Paradigmas”, y que se deben confrontar para evidenciar posibles contradicciones, posición de Popper. Y es que el conjunto de referentes que nos posibilitan explicar algo, dándole su carácter científico, implica remitirse permanentemente al referente que le confiere sentido. En este caso, los referentes son las teorías que no se comprometen con una posición dogmática de la ciencia como portadora de verdad.
El abandono de la búsqueda de la verdad es el resultado del fin de las grandes sistematizaciones, sobre todo de la metafísica que, a la manera de la doctrina aristotélica de corte naturalista, pretendía conferir sentido completo al universo. La unidad fracturada es obra del desgajamiento de la modernidad, cuando se comprendió que el universo era más complejo que lo que el pensamiento clásico había pensado. No fue necesariamente una cuestión política, cuando la conciencia visualizó sus propias y muy humanas limitaciones.
Decir que una determinada posición política ostenta “la verdad”, ya no suena siquiera a una postura científica seria, sino o a ignorancia, o a lo que es peor, al dogmatismo fanático que históricamente ha unido en repugnante hermandad, a integristas políticos -de izquierda o de ultraderecha- a los que une ese supuesto que pareciera autorizarles cuanto despropósito les viene a sus neurosis, donde el desconocimiento o destrucción del otro, del que no piensa como ellos, es la joya de sus proyectos, que históricamente arrojan al mismo basurero a psicópatas de posturas tan contrarias como la ultraderecha nazi o la izquierda bolchevique.
Si algo dotó de fuerzas a las hordas de asesinos, fue la creencia dogmática en la posesión de la verdad, como autores tan significativos como H. Arendt e I. Berlín detectan en el transcurrir de una modernidad psicópata, en donde al menos la epistémicamente violatoria creencia en la posesión de la verdad es la culpable de los horrores de dos guerras que dieron cuerpo a nuestra contemporaneidad, y donde aún nos aparecen sendos fósiles que la defienden con la pasión de propagandistas a sueldo.