En el acelerado vaivén de las reformas educativas y la incesante búsqueda de la "innovación" tecnológica, la sociedad y el propio sistema parecen haber desarrollado una miopía selectiva. Miramos hacia el futuro, hablamos de tecnología e inteligencia artificial y debatimos la currícula de la Nueva Escuela Mexicana, pero a menudo olvidamos un recurso invaluable, que muchos dejan en el margen: las y los maestros jubilados.
Sacarlos del olvido, no solo se trata solo de un asunto de justicia social, sino de una acción estratégica que enriquecería la educación de nuestro país, porque el docente jubilado no es una ficha que se archiva al dejar el aula; es una biblioteca andante de conocimiento, templanza y, sobre todo, de memoria institucional y pedagógica.
El valor de un educador con treinta, cuarenta años o más de servicio no se mide en el monto de su pensión, sino en la inestimable cantidad de escenarios que ha enfrentado: saben qué métodos funcionaron y cuáles fracasaron en contextos específicos, no en teorías de laboratorio. Han sido testigos directos de la evolución social, de la escasez y de la bonanza en sus comunidades.
Saben que la pedagogía es tanto ciencia como arte, una disciplina que se pule con años de ensayo y error frente al pizarrón, y hoy cuando vemos que el reto de la docencia es la gestión emocional y el trato con la diversidad. ¿Quién mejor para guiar a los nuevos profesores en el manejo de la frustración, el burnout y la disciplina, que aquellos que han pasado por la tormenta y navegado con éxito?
Y, algo que es quizás lo más importante, tienen la habilidad para conectarse con el alma de generaciones de estudiantes que muchas veces les dijeron ¡Gracias!.
Razón por la que, cuando un maestro se retira, se lleva consigo no solo su antigüedad, sino un capital que el sistema educativo no puede darse el lujo de perder.
Su jubilación no es sinónimo de quietud, sino una nueva etapa donde esa energía puede y debe seguir brillando, y eso que nadie lo dude ya que cuando se convive con ellas y ellos, resulta inspirador, que estén llenos de luz, alegría, un conocimiento profundo y una enorme vitalidad que la juventud envidiaría.
Por ello, es imperativo que el Estado Mexicano atienda, con la urgencia que merecen, los derechos de las y los maestros jubilados. Sus manifestaciones por dignificar sus pensiones, y que desde 2019, el Maestro Alfonso Cepeda Salas, Secretario General del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación, ha venido peleando, son un grito de alerta moral.
Una sociedad que descuida a quienes le dedicaron su vida a formar ciudadanos, está comprometiendo su propio futuro.
En este contexto, es importante reconocer las excepciones que marcan una diferencia, y es que con gran “júbilo”, hemos visto cómo la Mtra. Mónica M. Granillo Velazco, Secretaria General de la Sección 36 del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE) ha tenido la sensibilidad de mirarlos, escucharlos y abrazarlos no solo físicamente, sino emocionalmente.
Este “apapacho” (abrazar con el alma), no fue una simple obligación gremial, fue una acción que encerró el entendimiento profundo de que las y los maestros jubilados no solo son parte de su organización sindical, sino que son quienes forjaron, ladrillo a ladrillo, gran parte de lo que hoy es la estructura educativa y la fortaleza sindical en el Valle de México.
Que el respeto al magisterio se demuestra en la vida laboral y en la plenitud del retiro, y que ignorar su legado es condenar a nuestro sistema a reinventar el hilo negro una y otra vez, perdiendo la invaluable sabiduría acumulada en el crisol del aula, por eso les propuso varias acciones estratégicas para aprovechar su conocimiento y experiencia.
Al mirarlos, escucharlos y abrazarlos, reconoció el gran valor y trascendencia que tienen en no solo en su gremio, sino en la historia de México, porque ella lo entendió muy bien, la jubilación no es una extinción, sino una transformación.
Dra. Rosalía Zeferino Salgado
Asesora en Comunicación Estratégica
e Imagen Pública