Ser coordinador de grupo parlamentario mayoritario no es simple, tarea compleja, negociaciones y cabildeos cotidianos. Trato suave para unos, firme para otros. Con aciertos y desaciertos. La misión de ganar votaciones y convencer a los adversarios posibles.
Tiene a su favor grupos aliados, coincidencias con opositores; diferencias insalvables que en ocasiones no se superan y se convierten en votos en contra, a los que la mayoría deberá vencer. También deberá contar con cuadros maduros, experimentados, hábiles y especialistas en tribuna, para debatir, argumentar y demostrar que la razón está de su lado, no con calificativos e insultos, sino con el dominio del tema.
No es nada más dar órdenes, aparecer como jefe y líder de grupo; deberá asegurarse que entre los suyos prevalece la unidad, sin dejar de desconocer opiniones distintas. Alineados en discusiones claves que implican propuestas legislativas del grupo y del titular del Ejecutivo.
En legislaturas pasadas, coordinadores de mayorías siempre se han asegurado, por anticipado, de contar con los votos suficientes, las dos terceras partes de la asistencia en el salón plenario, para sacar adelante cualquier iniciativa presidencial de reforma constitucional.
Cuando no han tenido amarrados los votos, la opción ha sido esperar, volver a guardar en el cajón la propuesta y mientras intensificar el cabildeo, alcanzar los requeridos para la votación calificada.
Hasta el gobierno de José López Portillo (1976-1982) todo fue felicidad para los priístas, prácticamente no existía oposición legislativa. El sexenio de Miguel de Madrid Hurtado (1982-1988) tampoco tuvo complicaciones para aprobar sus iniciativas en el Congreso. La participación de la oposición se empezó a sentir a partir de Carlos Salinas y siguió en los períodos de Ernesto Zedillo, Vicente Fox, Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto. En ningún caso propuesta presidencial de reforma constitucional perdió la votación.
El encargo de sacar adelante el proyecto del presidente se convertía en objetivo prioritario del coordinador del grupo, sin margen para fallar, por los costos que implicaría a su futuro político.
Cuando su grupo contaba con número suficiente para garantizar las dos terceras partes de los votos, no tenía de que preocuparse, aunque siempre buscaba ampliar la aprobación, con sus aliados y alguno de los principales opositores, por la importancia plural.
En la suma de votos, no faltaban negociaciones opacas, las que significaban más que un convencimiento de palabra. Quedó para la historia el día que al diputado Rafael Aguilar Talamantes (QEPD) aventaron a sus pies puñado de monedas, señalado por la oposición de haber vendido su voto. Tampoco era secreto que la negociación a veces era ofrecer posiciones políticas futuras, apoyar nombramientos o candidaturas en distintos estados del país.
El domingo 17 de abril de 2022 el episodio fue distinto, fallaron negociaciones y cabilderos de la mayoría. El coordinador del grupo en la Cámara de Diputados no pudo cumplir con la misión encomendada.
Para futuras operaciones de gran calado, el Ejecutivo podría seguir con la misma estrategia, mantener a los diputados como cámara de origen o mirar primero hacia el Senado, donde tiene un negociador con fama de conciliador nato.
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