Avanzo en mi comentario sobre el libro “Resiliencia Democrática” recientemente publicado por la editorial de la Universidad de Cambridge, esfuerzo de análisis y difusión del estado actual de la democracia frente a la polarización y la capacidad de los sistemas políticos de ser resilientes.
En el ensayo inicial, “Cómo sobreviven las democracias, los retos de la polarización y las fuentes de la resiliencia”, sus autores reconocen que las tendencias perniciosas no son producto de una sola gestión presidencial. Afirman que han venido incrementándose por décadas y amenazan con persistir más allá de la administración Trump.
Dicen también que resulta claro que ese cuatrienio aceleró una pregunta crítica con la que la ciencia política norteamericana no había trabajado adecuadamente: ¿Qué tan resilientes podrían resultar las instituciones políticas y la sociedad civil frente a las transformaciones recientes?
Presentan también su propia definición de democracia: “sistema de gobierno en el que la ciudadanía puede traer a cuentas al poder, principalmente a través de elecciones competitivas y en el que las y los representantes políticos se involucran en procesos decisorios colectivos y cooperativos.”
Sobre la Resiliencia Democrática, cuya definición ya comenté en la entrega previa, afirman que cuenta con componentes institucionales y conductuales.
Los primeros a su vez, se refieren a una verdadera y efectiva rendición de cuentas. Una de naturaleza horizontal y otra de orden vertical.
En la horizontal, mediante una auténtica división, cooperación y dispersión de poderes moderna, con todas sus articulaciones y consecuencias, en la que las agencias u organizaciones públicas denominadas contrapesos (o vigilantes) funcionen libremente en un marco de respeto real a su independencia profesional especializada, alejada de intromisiones partidistas y/o políticas.
En la vertical, se trata del sistema de renovación periódica de los órganos del poder público mediante un robusto sistema de elecciones libres y justas (íntegras) en un marco de piso parejo, mediante las que la sociedad premia o castiga a su clase política según el uso correcto o abusivo del poder.
Sobre los componentes conductuales, refieren que la polarización afecta la sujeción a cuentas de los hombres y mujeres del poder y que, además, esta actitud divisiva aumenta las fracturas sociales preexistentes relacionadas con la raza, el origen étnico, el género, la religión, etc.
Esa polarización, señalan, es especialmente peligrosa cuando induce al electorado a tolerar o hasta premiar violaciones de normas democráticas cometidas por “colegas de partido” en el gobierno.
Concluyen que para que la democracia sea resiliente es esencial que las y los electores quieran y puedan reconocer y sancionar conductas antidemocráticas, vengan de quien vengan. Del mismo modo, que la conducta de resiliencia significa el rechazo o marginación de visiones extremas; que la contienda electoral se aborde desde posiciones inclusivas, coaliciones incluidas; y una lucha por mantener la legitimidad del sistema entero.
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