La desconfianza en las instituciones, goza de credibilidad apelando a los antecedentes más recónditos de nuestra historia patria. Acontecimientos tan vergonzosos, nos arrojan ante un panorama complicado que, a pesar de él, México ha logrado constituirse en una nación de naciones pluriversa y rica.
Muchas veces no se logran dimensionar los beneficios obtenidos, si nuestros permanentes referentes se limitan a consagrar nuestras miserias como garantes identitarias, impidiendo vislumbrar cosas dignas de ser resaltadas. No puedo dejar de pensar en Nietzsche en su Tercera Carta Intempestiva, cuando resalta el papel de la historia para la vida, no de aquella que cohabita en el inmovilismo anticuario, o que se estanca en “los grandes tiempos” como si jamás volvieran a ocurrir otros mejores que inspiren a vivir.
La historia que nos insta para consagrarnos al mundo, promueve que el sujeto corte de tajo esa joroba que le impide caminar como caminan los sujetos libres: con la frente en alto, con el orgullo de nuestras leyes, nuestras instituciones y nuestra educación, y no postrarnos como esclavos ante las cadenas de los prejuicios y los azotes de la demagogia que lucra precisamente con nuestras miserias.
El discurso demagógico quema su incienso a todo lo repugnante que poseemos. Construye sus elogios a nuestras yagas, abriéndolas con el placer del carnicero que pretende sacarle el tuétano al hueso con el que habrá de hacer su malévola sopa. El demagogo es el sumo sacerdote de todo aquello que ante los oídos de los desencantados, parece encontrar resonancia. Parece el iluminado portador del cambio, cuando lo único que ha hecho es ponerle ante sus ojos la versión más mísera de sus derrotas y sus frustraciones. No vive para la justicia, sino para la venganza, la burla y la calumnia.
La historia de desigualdad, ha tenido, sin embargo, grandes edificaciones, como nuestra querida Universidad Nacional, que conformando uno de los baluartes portadores de lo mejor de nuestra ciencia desarrollada en español para el universo entero, es creación magnífica del sistema que tanto se vilipendia, y que como otras tantas, claramente nos representa. La Universidad tiene retos claros.
Nuestra institución académica, debe plantear -y lo digo con el respeto y amor que le profeso-, entre su cuerpo docente y sus estudiantes, si todavía algunos discursos que nutren la joroba pendenciera de la demagogia, deben de ser mantenidos y confundidos con la justicia; si tiene sentido apostar plenamente al desarrollo nacional, o contribuir al discurso maniqueo y anquilosado que a todos sus egresados se nos han aparecido en alguno que otro momento de nuestra formación. La Universidad que preserva nuestros tesoros, también ostenta los congeladores de nuestras enfermedades, y el desarrollo para vacunarnos de sus estragos. Esto es la historia para la vida.