Nunca tuve mejor Secretario Particular. Cuidó de mi agenda, nombre, firma y a veces hasta de mi familia, casa, bienes y derechos, como si fueran propios. Fue mi alter ego muchas veces; algunas fue el poder tras el trono y otras, simplemente, el trono mismo.
Era temible o afable, según lo trataras; igual un Bulldog rabioso, que un toro bonachón. Era rudo o técnico, según se requiriera: igual un político avezado, que un perito consumado. Cuando iniciábamos juntos una nueva encomienda, yo le decía al equipo: “lo que les pida él es porque yo se lo pedí, o porque él sabe que se lo voy a pedir.” Planeaba, coordinaba y ejecutaba con calma soltura y sonriendo, las más ingratas misiones, los más difíciles cargos y los más ásperos encargos. Lo vi cientos de veces incólume en las peores tormentas, magnánimo en la victoria e impertérrito en la derrota.
Asunto que él llevaba era un asunto bien resuelto, a tiempo, con eficacia, eficiencia y economía. Dotado de un instinto particular para adivinar lo que venía, decenas de veces me previno de jugadas para mí imposibles, pero para él clarísimas, que nos permitían avanzar en nuestras proyecciones o inclusive, esquivar o atemperar contrariedades. Contó también con enorme olfato político y con formas impecables y sofisticadas.
De memoria prodigiosa, jamás me falló, nunca faltaba y era bohemio de corazón, con un gran sentido del humor, extraordinario bailarín y mejor cantante. Siempre solícito, presente y oportuno, pero, sobre todo, amigo sincero.
Con refinada imaginación estratégica le aprendí tantas cosas que enlistarlas aquí sería imposible. Hicimos juntos tantas maldades que es mejor no contarlas, solo recordarlas sonriendo, satisfechos de que pudimos remontar a la par las más ominosas adversidades (inclusive personales, de ambos).
Fue un gran papá, hijo y hermano; buen proveedor, cariñoso y protector. Me consta; fui testigo presencial. Siempre pensando en reunir o unir a su familia; permanentemente pensando en sus hijos y en su bienestar.
El imbatible, incansable José Rubén Romero César se ha ido, nos ha dejado a nuestra suerte y ahora vibra en otra frecuencia, vuela por todo lo alto y es el viento debajo de las alas de sus hijos.
Quienes sí supimos apreciarte en vida, quienes sí extrañaremos tu decencia, civismo y hombría de bien, caminamos desde hoy con el corazón roto, los ojos llenos de agua, y agradecidos y agradecidas por tu paciencia, tu confianza, tu amistad y tu buena fe.
Querido Rubén, en lo personal quedo sempiterno tu deudor por tanto trabajo, energía, astucia, entusiasmo, arrojo, complicidad y claro, lealtad inquebrantable. Cuando yo sea joven, quisiera ser como tú. Al vernos te contaré todo y te diré, como tantas veces en San Lázaro: “Estoy muy orgulloso de ti. Te quiero siempre mucho, cabroncito”.
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