Luego del operativo en el que la Secretaría de Marina desmanteló una red de corrupción dentro del regulador sanitario autónomo de más alto rango en el país, la Cofepris, algunos medios se apresuraron a calificar el hecho como una prueba más de que al gobierno “le estorban los autónomos”. Una idea peligrosa, como lo es también el discurso que no repara en detalles ni datos relevantes en el caso concreto.
Es un tema escabroso hablar de autonomía sin argumentar quién debe tenerla, para qué, en qué grado y con qué finalidad. A priori, ni la autonomía ni el mando directo son justificables; hace falta saber qué se busca del ente para ver si conviene que sea controlado o autónomo.
La autonomía en México, en el contexto del debilitamiento del poder presidencial y el agotamiento del modelo político desde finales de los años 80, dio origen a la proliferación de organismos autónomos, algunos constitucionales, otros legales, y algunos con vericuetos reglamentarios y presupuestarios tan enigmáticos que ni siquiera los abogados los entienden del todo. Hay casos de enorme legitimidad y reputación, como el INEGI y el Banco de México, entre otros. A este último se debe, en buena parte, el equilibrio macroeconómico que se conservó en México durante los momentos críticos de la pandemia. Ya será la historia la que con cabeza fría ponga las cosas en su lugar. Pero tristemente, algunos otros organismos, sea desde el diseño o por su funcionamiento real, se convirtieron en señoríos feudales que blindaban a una casta de mediocres o corruptos con ínfulas de grandes técnicos.
En el caso de Cofepris, se expuso el caso públicamente. Aparentemente, había una red de funcionarios estratégicos que extorsionaban farmacéuticas y literalmente cobraban derecho de piso para seguir operando a empresas y laboratorios. Había también un grupo numeroso de particulares coludidos con los funcionarios, que se hacían pasar, con ayuda de estos, como funcionarios, para borrar las huellas de sus actos.
Hasta el momento han arrestado a 32 personas.
No es un secreto que el regulador sanitario se había convertido en un emblema de burocracia y despotismo, cuyos funcionarios dejaban plantados hasta a gobernadores. Ahora también lo es de corrupción. Y así operó muchos años. Es, de nuevo, un mal ejemplo para defender “la autonomía” de cualquier cosa como petición de principio. La operación, hasta el momento, parece que ha sido exitosa.
¿Por qué la marina se encargó de ella? Seguramente porque, además de que se requirió labor sostenida de inteligencia de alto nivel, consistentemente es la autoridad que goza de mayor confianza ciudadana. Si en esa posición estuviera un cuerpo civil, seguramente ese hubiera encabezado la operación. Y es este detalle en el que debemos reparar. Es urgente crear confianza en las instituciones civiles y dejar de satanizar o precarizar la función pública, pero también la política.
Desde la trinchera de los gobernados, dependemos de la eficacia estatal para que las calles estén pavimentadas y los semáforos funcionen, para que los policías y las fiscalías mitiguen la inseguridad, para que los médicos de los hospitales públicos efectivamente se presenten a atender a los enfermos. En ese sentido, conservamos la esperanza del ideal clásico de la política como el arte del buen gobierno, y le damos implicaciones éticas, a la acción y misión colectivas. El discurso jurídico actual es más o menos uniforme en el sentido de que politizar equivale a evitar la solución justa, y queremos que los políticos se abstengan de buscar soluciones políticas, que los problemas políticos estén exentos de criterios políticos y que los políticos busquen el poder para autolimitarse. Esto es un error.
La política es un arte de la ponderación de valores y objetivos, desde cualquier definición que de ella se adopte. Y debemos elevar nuestra discusión para evitar dogmatismos y diseñar leyes e instituciones que efectivamente cumplan con su vocación social (sean técnicas o no). Para evitar que se construyan pequeñas islas de impunidad y delincuencia al amparo de conceptos tan loables como la autonomía y la técnica. Por ejemplo.