Cuando el presidente de los Estado Unidos, Joe Biden, señaló a Vladimir Putin como un "carnicero" y como un criminal de guerra, no fue un momento de impulsividad. Tampoco cuando dijo :“Por amor de Dios, este hombre no puede permanecer en el poder”, durante un discurso en Polonia.
Los funcionarios de la Casa Blanca y los demócratas bien pensantes dieron mil maromas para justificar las declaraciones del mandatario, y no deja de ser malsanamente divertido verlos dar piruetas, porque no están acostumbrados; se supone que ellos están del lado de la política institucional, no de Trump y compañía, de quien sí se esperan estos desplantes.
Creo que el octagenario está tentando las aguas de la polarización y la retórica irresponsable, porque los últimos 10 años han demostrado, en todo el mundo, que no hay nada que perder y mucho que ganar al encender la mecha de la audiencia (nótese que digo, con toda intención, audiencia y no electorado). Pienso que él, como otros políticos tradicionales, se han dado cuenta de que lo único que vende y convence es la grosería, el estruendo, en una palabra, el espectáculo. Por eso los populistas les dan tanto trabajo, y por eso tienen tanto éxito. La premisa implícita es, entonces, que la política es un espectáculo y debe subordinarse a su lógica. Atrás quedó la lógica de los maduros consensos racionales y dialógicos que soñó Habermas, e inclusive la densidad existencial del amigo y enemigo de Schmitt, que requiere, para reconocerse, de una lucidez implacable. El nombre del juego, hoy, es el germen de cualquier cosa que pueda viralizarse, convertirse en tendencia y, de ser posible, en meme. La enorme ventaja que tienen los políticos actualmente es que, también de acuerdo con el mundo del espectáculo, nadie les pide cuentas, y mañana pueden estar actuando en otra serie, otro proyecto, otro partido u otro país, sin mayor consecuencia. Así dejen el escenario en llamas, ellos (los populistas) se van entre vítores.
Esto lo saben los políticos de siempre, y en estos intentos de coquetear con técnicas populistas y manejo de la posverdad se nota, obviamente, su novatez. Así como cuando las élites tradicionales quieren hacer política "de masas" y la gente de Las Lomas sale a sus marchas lastimeras con la empleada doméstica cargándoles la sombrilla, Biden no entiende la retórica del espectáculo, que Trump domina. Sin embargo, en el mero intento hay una muestra de lo que vendrá, y una alerta. Lo más probable es que al mundo todavía le falte mucho tiempo para el movimiento pendular, y nos esperen varios años de políticos irresponsables, manipuladores, gritones, calumniadores y desvergonzados, que manejan a su antojo a su respetable público. Ese público, que no es ningún electorado informado y racional, sino un mero espectador que sólo sabe de cortos lapsos de atención, likes y dislikes, es lo que aliimentará la pasarela de personajes cada vez más impreparados y exóticos, capaces de hacer arder un país completo, por un aplauso.