El gobierno de la 4T ha presumido a lo largo de tres años el envió histórico de las remesas de nuestros paisanos a sus familias en México. Lo toman como un logro, un éxito de política económica, cuando en realidad es una afrenta para las autoridades que no han sabido retener a millones de mexicanos que buscan una mejor oportunidad de vida fuera de su tierra, ante la falta de oportunidades de empleo y educación.
Las remesas han permitido a miles de familias de escasos recursos paliar la crisis económica que vive nuestro país desde hace décadas. Más ahora que atravesamos por una recesión no vista desde 1932, con cero crecimiento y la peor inflación en los últimos veinte años. En contraste, los Estados Unidos experimentaron una mejoría económica hasta 2021, a pesar de la pandemia, lo que posibilitó que los mexicanos que radican en la Unión Americana pudieran enviar más dólares a sus familiares. El año pasado ingresaron al país más de 52 mil millones de esa moneda, lo que representó el 4.1 por ciento del PIB y nos colocó como el tercer país que más divisas recibe por ese concepto.
Bien por las familias que se ven favorecidas con esos ingresos, con lo cual también contribuyen a mejorar el consumo nacional, pero ese dinero no forma parte de la hacienda pública, no son recursos de los que pueda disponer la administración federal para aplicarlos en programas de gobierno, por ello no tiene nada de qué presumir el régimen de la 4T. Lamentablemente, los norteamericanos experimentan un proceso inflacionario que frena nuevamente su recuperación económica. Se recienten ahora los efectos de la pandemia y la invasión a Ucrania ha provocado una crisis en el país más poderoso del mundo. Para contener la inflación -la peor en 40 años-, la Reserva Federal (FED) elevó en un cuarto de punto la tasa de interés, medida que no se tomaba desde 2018. Los especialistas esperan una inflación en el país del norte superior al 4 por ciento y una reducción en el crecimiento de la economía gringa del 2.8 por ciento. El alza en la tasa de interés contendrá parcialmente la inflación, pero castigará el costo del crédito, desincentivará la inversión y el consumo. A la par, aumentará el desempleo, lo que impactará negativamente en los mexicanos que radican allá y que dejarán de enviar un buen porcentaje de las dichosas remesas, lo que pegará en el bienestar de muchas familias que viven de ese dinero.
Los problemas económicos de nuestros vecinos inciden también en su política migratoria, por lo que retardarán la regularización de los indocumentados que buscan una oportunidad legal de ingresar a los Estados Unidos, posibilidad a la que le apostaba el gobierno mexicano para dejar de ser tercer país seguro y seguir con la exportación de mano de obra nacional ante el fracaso de la política de empleo en nuestro país.
De tal suerte que la inflación norteamericana, el desempleo, la contracción de su consumo y el escaso crecimiento que tendrán afectará el envío de divisas a México. Ya no podrá la 4T hablar de ese dinero como un efecto positivo de una política económica que no tenemos. Aunque el gobierno insiste en que la solución a la crisis migratoria que se vive actualmente radica en que los gringos ocupen la mano de obra mexicana, centroamericana y caribeña, la contracción que sufren retardará ese buen deseo. Mientras tanto, aquí enfrentamos el cero crecimiento, también una inflación alta y la falta de inversiones por desconfianza en el gobierno. No se ve un futuro inmediato promisorio, ¿y las remesas apá?