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Columnas
Dentro de algunos años, se recordará este período como uno especialmente pobre para el análisis y el pensamiento político en el país, porque todos, tirios y troyanos, se empeñaron en encuadrar la realidad entera en los dichos de un solo hombre, para volverse luego apóstoles, herejes o apóstatas. Triste. Porque resulta que los problemas reales trascenderán gobiernos, presidentes y prejuicios, y casi nadie está haciéndose siquiera las preguntas pertinentes para resolverlos, ya no digamos lo demás.
La violencia ya no es una anomalía en México. Esto no lo digo como lugar común ni como lamento lírico. Desde un punto de vista de análisis para lo que uno quiera (diseño de políticas sociales, estudio de factibilidad de una inversión, diagnóstico sobre cultura política en México), la violencia ya es una variable inherente y necesaria a tomar en cuenta como parte del sistema a estudiar. Se dice fácil, pero no son muchos países en el mundo, en 2023, donde ese es el caso. La mayoría están en África, y más bien en lugares donde se ha oscilado entre dictaduras personales frágiles y estados pre - estatales, como de guerra civil.
Lo que queda del sexenio no habrá, en principio, cambio en la tendencia. Reducciones marginales o aumentos, también marginales. Pero en este sexenio los homicidios fueron el triple que en el sexenio de 1988 - 1994. Desde ahí, el único sexenio donde ha habido menos, en números absolutos, es en el de Vicente Fox. Ese es el anómalo, y habrá que preguntarse porqué. Salvo ese paréntesis, han escalado.
Fernando Escalante tiene una tesis demasiado delicada como para que adquiera tracción en los medios: no fue antes, sino después de la salida del ejército a las calles, que comenzaron a proliferar los homicidios y la violencia en general. Esto, de entrada, nos diría que la solución no es más militarización, pero ese barco ya zarpó. El autor se cuida, además, de no echar la culpa como tal a los militares, sino a la desaparición de un sistema de intermediación de la violencia que antes, para bien o para mal, existía en todo el territorio nacional, que hacía de bisagra entre la clase política y la gente armada (que no sólo es el narco, sino otros actores), y que hoy ha desaparecido.
Como el sistema relativamente estable de acuerdo entre autoridades y delincuentes se esfumó, y ahora nadie puede garantizar protección a largo plazo ni es claro un centro de gravedad que pueda imponer orden permanente (el ejército por su propia naturaleza provee un orden transitorio, sólo mientras está en un lugar específico), proliferan grupos que cobran derecho de piso, pero no garantizan nada, y así como se establecen en una región son desafiados o desplazados por otros grupos. Decir que la solución es la de volver a ese Estado de intermediación, que también podemos llamar Estado mafioso, no puede ser una solución, y aunque algunos tímidos lo proponen, tampoco parece que sea posible, porque una vez roto el huevo, roto se queda.
Silva Herzog dijo hace poco que la tragedia de Otis es la muestra ideal para exhibir los límites de la política como espectáculo. Lo cierto es que no es conservando la popularidad de nadie como se va a reconstruir el puerto ni cómo se va a transitar a un estado civil nuevamente. En el caso de la violencia, podemos decir lo mismo. Los números de donde uno quiera muestran que México está en los primeros lugares de violencia de todo: contra periodistas, contra ecologistas, contra transexuales, pero la más infame, es la que muestra las 10 ciudades más violentas del mundo. 9 están en México. Y contra eso no hay victimismo político que valga.