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¿De qué hablamos?

¿De qué hablamos?

Columnas martes 09 de junio de 2020 - 01:29

Los últimos días mi atención se desvió hacia la actriz Bárbara de Regil por su enorme presencia en medios de comunicación y redes sociales. La cobertura fue cambiando a través de las semanas, desde la burla por su tono excesivamente energético cuando hace ejercicio y su ignorancia respecto a los carbohidratos del plátano, hasta dos videos cortos en donde les dice a las mujeres que pidan respeto a quien las golpea, y la mención de que ella misma se ve fea, por “prieta” con un filtro.
El linchamiento mediático ya es universal. Objetivamente, revela una falta de prudencia con tintes racistas (aunque sea de broma), una falta de comprensión del fenómeno de la violencia contra la mujer en México y desconocimiento de lo que es un carbohidrato y/o de lo que es un plátano. Pero el odio en redes ha escalado como si se tratara de una autoridad o un criminal peligroso. La razón de fondo es que, en nuestra época, la celebridad pública adquirida por cualquier motivo restringe de facto las libertades de la persona famosa. Todas.
Creemos que una persona famosa debe ser un ejemplo de ciertas conductas y posturas políticas que la audiencia “espera” de esa persona. Este es el concepto fundamental. En las redes sociales, hay millones de personas comunes y corrientes que se expresan de peor manera, en todos los temas, que Bárbara de Regil. Pero al ser famosa, ella no está posteando en redes, sino que se está comunicando con una supuesta audiencia. Y así, se le juzga en sus declaraciones como si fuera la secretaria de Gobernación.
La gran bofetada al problema de violencia de género la semana pasada, fue la campaña rancia de Cuenta hasta 10, que el gobierno federal decidió resucitar, y en la que la gran ausente es la mujer violentada. Pero la indignación no se dirigió a ninguno de los funcionarios responsables, sino hacia Bárbara de Regil y su video de tufo holístico. Linchar a una actriz de comedia por su falta de marco referencial para analizar problemas sociales, es una ridiculez, pero entre nosotros es normal.
Se dice que Michael Jordan se rehusó a opinar sobre política durante toda su carrera deportiva, porque “los republicanos también compraban tenis”. Otro basquetbolista de la época dijo a los padres de familia que no por saber clavar un balón era responsable de educar a sus hijos. Pero nada de esto coincide con el espíritu de los tiempos. El día de hoy, la realidad entera es un campo minado, donde una foto indiscreta, un audio filtrado o la franca ingenuidad (como la de Bárbara) hace que los famosos sean esclavos de su imagen pública, 24/7. Hoy hasta los actores de telenovelas necesitan un asesor político antes de salir a Twitter. Tiempos extraños.

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/CR

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