La verdad, ninguna de las organizaciones que aspiran a obtener su registro como partido y competir en las elecciones de 2027 es conocida por la sociedad a nivel nacional.
Solo hay que ver las dificultades que han pasado para cumplir con los requisitos que señalan las leyes electorales en número de asambleas estatales o distritales, además del número de militantes.
Están pasando apuros para cumplir con las disposiciones legales. Están obligadas a rebasar los límites fijados por si el INE les anula asambleas o militantes que no se ajustan a la ley.
Todavía no pueden cantar victoria las organizaciones que más avanzadas van en su conformación: Somos México, que tiene raíces de “Marea Rosa”; Construyendo Sociedades de Paz, con antecedentes en el Partido Encuentro Social y México Tiene Vida con vínculos de la derecha.
Aun cuando el Instituto Nacional Electoral aprobara su registro en agosto, que es cuando la autoridad deberá presentar el dictamen respectivo, faltaría lo más complicado para conservarlo y es lograr, mínimo, el 3 por ciento de la votación nacional en la elección de 2027.
¿Y si nadie los conoce, quién va a votar por ellos?
Además, las organizaciones que alcancen el registro no pueden aliarse con nadie en los próximos comicios, ni coaliciones ni candidaturas comunes. Tendrán que valerse de sus propias fuerzas y cuadros.
Para empezar, asegurarse de que quienes les dieron su firma para su constitución, vayan a votar.
¿Y de dónde van a sacar a los candidatos y candidatas?
Por ley tendrán que cumplir con la paridad de género, el mismo porcentaje de candidaturas de hombres y mujeres.
En el 2027 habrá elecciones de gobernadores (17 estados), la renovación completa de la Cámara de Diputados (según el número de legisladores que marque la reforma electoral), renovación de congresos locales y de alcaldías.
¿Les alcanzará para tener postulaciones en todos esos espacios?
Van a contracorriente.
Por si fuera poco, se van a equivocar si en sus nominaciones exhiben rostros que se han desgastado en el ejercicio político, que nacieron y crecieron en otras fuerzas ya extintas.
Se puede decir que la sociedad desconoce lo que ofrecen, lo que proponen y quiénes son los dirigentes.
A lo anterior hay que sumar el hecho de que las elecciones intermedias tienen baja participación si se les compara con las presidenciales que se registran cada seis años. En las intermedias cae el porcentaje de la votación, la gente no se entusiasma igual para ir a las urnas.
De acuerdo con cifras del INE, en las elecciones intermedias de 2003 la participación fue del 41.68 por ciento, En 2009, 44.06 por ciento. En 2015, 47.07 por ciento. Y en 2021, 52.66 por ciento.
En cambio, en las elecciones presidenciales, el promedio de participación ha estado por arriba del 60 por ciento.
También hay que considerar en este análisis que los electores han tenido repetidas malas experiencias. Prueba de ello es que la oposición de hoy (PRI, PAN y MC) es chiquita.
La alianza PRI-PAN terminó por diluir a los dos. Por muchos años se dijo que eran el agua y el aceite, que no se podían mezclar. Se quitaron la máscara y empezaron a participar juntos, con los resultados desastrosos que todo mundo sabe. Incluso el PRI está corriendo el riesgo de perder el registro.
MC continúa sin despegar. Acertó cuando decidió participar solo y no aliarse a partidos desacreditados. De otra manera, estaría sufriendo o ya habría perdido el registro como le pasó al PRD. Sin embargo, no ha podido consolidar su presencia en el territorio nacional.
En ese escenario, con una oposición minimizada, una sociedad desencantada con la política y el menor interés por las elecciones intermedias, el panorama se ve negro para las organizaciones que logren su registro como partido.
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