En Okinawa, una isla japonesa famosa por ser uno de los lugares con mayor concentración de personas centenarias en el mundo, existe un antiguo principio llamado “Hara Hachi Bu”, que significa “come hasta estar un 80% lleno”. Más que una regla de etiqueta o una tradición cultural, esta práctica ha sido investigada científicamente por su relación directa con la longevidad, la salud metabólica y la baja incidencia de enfermedades crónicas.
La dieta tradicional okinawense es baja en calorías, rica en antioxidantes, fibra y fitoquímicos, con alta presencia de vegetales, camote morado, tofu, pescado y algas. Se complementa con actividad física diaria y una vida social activa y afectiva. Diversos estudios, como el Okinawa Centenarian Study, han demostrado que las personas que mantienen este estilo de vida presentan menos enfermedades cardiovasculares, diabetes tipo 2, cáncer y demencia.
La moderación en la alimentación no solo es un hábito cultural; también ha sido objeto de estudios biomédicos. La restricción calórica sin desnutrición se ha asociado con una menor producción de radicales libres, menor inflamación sistémica y una mejor función mitocondrial, procesos vinculados directamente al envejecimiento y al desarrollo de enfermedades crónicas.
¿Y qué sucede en México? Nuestro país enfrenta un reto monumental. Según datos de la ENSANUT (2022), más del 75% de los adultos mexicanos tienen sobrepeso u obesidad, y se calcula que cada año se pierden millones de años de vida saludable por enfermedades prevenibles ligadas a la mala alimentación, como la diabetes mellitus tipo 2, hipertensión arterial, enfermedad renal crónica y ciertos tipos de cáncer.
En contraste con Okinawa, en México la abundancia calórica se combina con alimentos ultraprocesados, exceso de azúcares añadidos, grasas saturadas, refrescos, harinas refinadas y un deterioro del modelo tradicional de alimentación basado en maíz, frijol, vegetales y productos naturales.
La analogía es clara: mientras que en Okinawa la moderación es sabiduría, en México, muchas veces el exceso es culturalmente validado. Reivindicar el “Buen Comer” es hoy más urgente que nunca. La herramienta existe: el Plato del Bien Comer, promovido por la Secretaría de Salud, que propone un equilibrio saludable entre frutas, verduras, cereales integrales y leguminosas, evitando azúcares, grasas y sal en exceso. Pero el conocimiento sin acción no transforma, y el cambio de hábitos requiere educación, voluntad política, acceso a alimentos saludables y cambios en el entorno social.
Como decimos en México, “somos lo que comemos”. Y comer bien, con calidad y en la justa cantidad, es también una forma de quererse.
Porque la moderación también puede ser vista como un arte de vivir.
Y desde el cristal de la nutrición, comer con sencillez puede ser una de las decisiones más poderosas para vivir con plenitud.
Sin embargo, en la vida como en todo, como bien decía Ramón de Campoamor: “Nada es verdad, nada es mentira, todo es según el color del cristal con que se mira.”