El crimen organizado es resultado de factores endógenos y exógenos. El afán de sustituir al Estado, propio de este tipo de delincuencia, es alentado por una maquinaria de valores tergiversados que fortalecen su marca.
Los “capos”, paradójicamente, construyen buena reputación al quebrantar valores o tergiversarlos a grado de hacer parecer correcto lo que no lo es. Fenómeno propio de la subcultura criminal y que en mucho se alimentó a partir de una de las máximas joyas de la cinematografía: la trilogía de “El Padrino”.
Desde la escena inicial, joya de iluminación y ambientación, hasta la última de la saga, estamos ante un compendio de pasiones humanas que lo mismo ha sido empleado para cursos y talleres en la Universidad de Harvard, que para aderezar interminables sobremesas. Lamentablemente, también para inspirar comportamientos desviados.
Que la delincuencia organizada sea el ingrediente principal de la trama es una de las razones que le da vigencia. La historia de la familia Corleone rescata los mitos fundacionales de los pilares sobre los que descansan las manifestaciones criminales organizadas del planeta.
Cuando la justicia se impone al derecho, la ideología hiere a la razón. Cada que una familia criminal impone sus credos sobre los de la familia tradicional, algo en la estructura social se enferma gravemente sin saberlo, como los “asintomáticos” que propagaron el Covid-19.
El crimen organizado opera una maquinaria infalible de falsos valores. Alertar sobre los mensajes que ocultan dichos “antivalores”, genera una reacción virulenta de los apólogos y fabricantes de la muerte. Se desviven en hacer parecer bueno, lo que es incorrecto.
“El Padrino” aviva el debate entre justicia, legitimidad y legalidad. “Él velaba por su familia”, dicen quienes ven en Michael Corleone un justiciero y guardián del honor de su parentela. ¿Qué importa si para ello asesina o quebranta de distintas formas la ley diariamente? Quienes así piensan, convalidan inconscientemente acciones de malandrines como Joaquín Guzmán, Servando Martínez o Nemesio Oseguera -entre muchos otros- que pretenden sustituir de forma fraudulenta al Estado y sus instituciones.
Lo que no logran ambiciosos y bien intencionados programas de gobierno para fomentar valores, lo logran frases bien posicionadas propias del criminal organizado como aquella de “más vale vivir un año como rey que una vida como esclavo”, y bajo esa premisa ponerse al servicio de las peores causas. Los narcocorridos, narcoseries, el “movimiento alterado” y otras finezas de ese tipo, hacen un efecto multiplicador de esas falacias.
“Le haré una oferta que no podrá rechazar”, decía El Don, Vito Corleone, patriarca de La Familia Corleone. Lo que significaba amenazar de muerte a su interlocutor para dejarlo sin opciones. “Si algo ha enseñado la historia es que se puede asesinar a cualquiera”; “¿Dónde dice que no se puede matar a un policía?”; “Dinero y amistad…agua y aceite”; “Cada vez que me enfermo me hago más sabio, cuando muera lo sabré todo”; “La política y el crimen son lo mismo”; “Un hombre que no vive para su familia no puede ser un hombre”; “Sé que has sido tú. Me rompiste el corazón”, son algunas de las frases que inmortalizó Michael Corleone, inmortalizado por Al Pacino, en la trilogía de El Padrino.
Aforismos como fuente de adoctrinamiento de lamentable vigencia.
Desde aquella “propuesta que no se podrá rechazar”, que cumple 50 años, el crimen organizado está desnudo. Se conocen sus motivaciones y fines.
Sigue siendo tarea cotidiana imponer el peso de las instituciones sobre esa perversa doctrina.