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A cien años del sueño educativo de Vasconcelos, la reflexión es necesaria

A cien años del sueño educativo de Vasconcelos, la reflexión es necesaria

Columnas miércoles 09 de julio de 2025 -

Hace 103 años, José Vasconcelos inauguraba el edificio sede de la Secretaría de Educación Pública (SEP), una obra arquitectónica y política que simbolizaba la ambición de construir una nación desde el libre pensamiento.

Vasconcelos, oaxaqueño de nacimiento pero mexicano universal, concebía la educación como un instrumento civilizatorio, emancipador y profundamente transformador. Su visión, herencia viva del Ateneo de la Juventud, se anclaba en la libertad de pensamiento, en la autonomía de cátedra y en la afirmación de una identidad latinoamericana como propuesta a un horizonte cultural, ético y estético.

Hoy, otro oaxaqueño —indígena, jurista, hijo del México profundo— se prepara para presidir la Suprema Corte de Justicia de la Nación, tras la primera elección directa de personas juzgadoras en nuestra historia, el eco de Vasconcelos resuena con fuerza. No es casualidad. La historia tiene sus símbolos y sus ciclos. Se trata de un momento que invita a mirar atrás, sin dejar de lado reflexionar hacia el futuro.

Este país, que ha transitado por profundas transformaciones institucionales en los últimos años, enfrenta hoy desafíos que no son solo legales o administrativos, sino esencialmente éticos. Vivimos tiempos en los que la reconciliación, el respeto y la dignificación de lo público son una tarea impostergable. Y es precisamente desde el servicio público donde debe surgir una nueva ética, una identidad social con arraigo, una vocación de paz desde cualquier trinchera.

Mientras leía la historia del edificio de la SEP, pensaba en mi abuela y en sus historias en la construcción de la primera escuela de su pueblo donde fue también la primera maestra, en mis tías que siguieron sus pasos y jamás han dejado de estudiar para poder seguir enseñado con entrega y convicción.

Tuve la fortuna de crecer bajo esa visión humanista, en un hogar donde se leía a Gabriela Mistral, se hablaba de Siqueiros y se citaba a Vasconcelos. Crecí creyendo en la educación como el pilar de un país libre, igualitario, democrático y justo. Por eso, cuando pienso en los pasillos de ese edificio histórico de la SEP, me pregunto: ¿qué hemos hecho con ese legado? ¿En qué nos estamos convirtiendo como sociedad?

Vasconcelos no fue un político ordinario, sino un pensador de Estado. Soñó con bibliotecas ambulantes, con maestras y maestros misioneros, con una educación que uniera al país. Hoy, en cambio, vemos con preocupación cómo se erosiona el respeto por el conocimiento.

No todo está perdido. Las instituciones, como los pueblos, también se regeneran. La democracia mexicana está dando pasos que marcan un antes y un después en la vida de México: la elección de personas juzgadoras, la paridad sustantiva, el reconocimiento constitucional de los pueblos originarios, la exigencia ciudadana de rendición de cuentas. Sin embargo, estos avances deben estar acompañados de una pedagogía cívica que enseñe a pensar, a disentir con respeto, a deliberar con argumentos, a vivir con dignidad.

Desde el Instituto Nacional Electoral, donde tengo el honor de servir, confirmo todos los días que sin educación no hay ciudadanía plena. Que la democracia no solo se vota, también se enseña, se aprende y se ejerce. El civismo, la ética pública, la solidaridad y la corresponsabilidad son lecciones que deben impartirse en las aulas, pero también practicarse en las calles, en las instituciones y en la vida cotidiana.

A más de un siglo del sueño de Vasconcelos, este país necesita volver a creer en el poder de la educación. En una educación humanista, incluyente y liberadora. Necesitamos, más que nunca, maestras y maestros que formen no solo profesionistas, sino ciudadanas y ciudadanos con profundos valores éticos. México requiere servidoras y servidores públicos con identidad social, arraigo comunitario y compromiso democrático.

El México del futuro solo será posible si volvemos a ver la enseñanza como el acto más noble de transformación. Ese que une generaciones, que construye puentes entre lo que somos y lo que podemos llegar a ser.

Andrea Gutiérrez


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