@onelortiz
https://youtu.be/h2rxUjDBNSU?si=nJ-_5ecWWA-GVWPR
La decisión de la Comisión Técnica para la Evaluación y Análisis del examen de ingreso a licenciatura de la UNAM fue tan difícil como necesaria. Después de detectar resultados atípicos que hacen presumir el posible uso de inteligencia artificial u otros mecanismos de fraude durante el proceso de admisión, la recomendación de aplicar un examen de control presencial a quienes obtuvieron los puntajes de ingreso constituye la respuesta más responsable para proteger la credibilidad de la máxima casa de estudios. Puede generar molestias e incluso inconformidades, pero habría sido mucho más grave ignorar las señales de alerta.
La Universidad Nacional no podía permitir que una duda razonable se convirtiera en una sombra permanente sobre el mérito académico de miles de estudiantes. La decisión ya tuvo consecuencias administrativas, entre ellas la salida de la Secretaría General, y es probable que existan otros ajustes dentro de la burocracia universitaria.
Este episodio deja varias lecciones. La primera es que el examen presencial, aunque parezca un instrumento propio de otra época, continúa siendo el mecanismo que ofrece mayores garantías de identidad, vigilancia y equidad para quienes aspiran a ingresar a la universidad. La tecnología ha abierto oportunidades extraordinarias para la educación, pero también ha creado nuevas formas de vulnerar los sistemas de evaluación. Mientras no existan herramientas confiables para impedir esas prácticas, la supervisión directa sigue siendo el estándar más sólido.
La segunda lección consiste en reconocer que la UNAM tampoco puede permanecer indefinidamente anclada en métodos tradicionales. La institución está obligada a desarrollar un proyecto integral de modernización de sus procesos de admisión, incorporando tecnologías de autenticación, monitoreo y protección informática que permitan aprovechar las ventajas de la innovación sin poner en riesgo la imparcialidad del examen. Modernizar no significa improvisar, sino construir sistemas más seguros y confiables.
Precisamente por ello, cualquier cambio futuro debe sustentarse en pruebas piloto rigurosas. Antes de aplicar un nuevo modelo a cientos de miles de aspirantes, es indispensable someterlo a ejercicios controlados, auditorías técnicas y evaluaciones permanentes que permitan detectar vulnerabilidades y corregirlas antes de su implementación general. La seguridad de un examen no puede darse por supuesta; debe demostrarse con evidencia.
Es cierto que el examen de control puede parecer injusto para quienes actuaron con honestidad y obtuvieron legítimamente su lugar. Sin embargo, en circunstancias extraordinarias, ésta es la decisión más justa para el conjunto de los aspirantes y sus familias. La confianza en la UNAM vale mucho más que la incomodidad de presentar una segunda evaluación. El prestigio de la Universidad Nacional se construyó con base en el mérito y la excelencia; defender esos principios hoy es la mejor garantía para las generaciones del mañana.
Eso pienso yo, usted qué opina. La política es de bronce.