La culpa y la razón se comportan como bienes colectivos sometidos a reglas inversas de distribución.
Cuando algo sale mal, casi todos reconocemos que ocurrió una falta, un error o una injusticia. Lo difícil comienza cuando debemos determinar qué parte de lo sucedido nos corresponde.
Entonces, la culpa se convierte en una visitante incómoda. Nadie niega su existencia, pero cada persona encuentra una explicación para enviarla a otra dirección: «Yo reaccioné porque tú empezaste»; «no tenía alternativa»; «las circunstancias me obligaron»; «si actué así, fue por lo que me hicieron».
Estas explicaciones pueden contener elementos verdaderos. En los conflictos casi nunca existe una sola causa. Sin embargo, las justificaciones también pueden impedir que la conciencia alcance a nuestra conducta.
La culpa viaja de casa en casa. Todos saben que pertenece al vecindario, pero nadie reconoce su domicilio.
Con la razón ocurre lo contrario. No es rechazada, sino disputada. Cada persona quiere conservarla como propiedad. Tener razón parece otorgarnos superioridad moral: nos permite presentarnos como la parte lúcida, justa o inocente del conflicto.
La lógica es sencilla: si yo tengo la razón, entonces tú no la tienes.
Esa forma de pensar reduce el diálogo a una competencia. Ya no buscamos comprender lo ocurrido, sino demostrar quién debe ganar. Escuchamos al otro para encontrar la falla en su argumento y proteger nuestra versión de los hechos. La razón deja de ser un instrumento para conocer y se convierte en alimento para el ego.
Tal vez el problema se encuentre en el singular. Hablamos de la culpa como si todo el peso de lo ocurrido debiera colocarse sobre una persona. Hablamos de la razón como si la verdad completa pudiera ser poseída únicamente por uno de los participantes.
Pero la experiencia suele ser más compleja. Puede haber responsabilidades distintas y simultáneas. Alguien puede iniciar un conflicto y otra persona agravarlo. Una conducta puede causar una herida y la respuesta producir un daño adicional.
Reconocer la responsabilidad propia no significa aceptar toda la culpa, sino identificar honestamente aquello que sí nos corresponde. Del mismo modo, reconocer las razones del otro no implica concederle toda la razón.
Podemos tener razones legítimas y adoptar conductas injustificables. Podemos comprender por qué actuamos de cierta manera sin convertir esa comprensión en una absolución automática.
Quizá convenga sustituir la búsqueda de la culpa por el reconocimiento de las responsabilidades, y la disputa por la razón por la comprensión de las razones. Las responsabilidades pueden distribuirse sin diluirse. Las razones pueden coexistir sin tener el mismo peso.
Madurar acaso consista en apropiarnos un poco más de nuestra propia responsabilidad y un poco menos de la razón.
Flor de Loto: La culpa siempre parece haberse equivocado de domicilio. La razón siempre cree haber llegado a casa.