Las amenazas de bomba que en los últimos días han obligado al cierre de más de diez planteles de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) no pueden leerse como simples actos de vandalismo o bromas telefónicas. Son el síntoma de un mal más profundo: el deterioro del tejido emocional y psicológico de una parte de la juventud mexicana, atrapada entre la hiperconectividad y la soledad, entre la cultura digital de la humillación y el vacío de referentes sociales sólidos.
Todo comenzó, detonó, tras un hecho trágico que estremeció a la comunidad universitaria: un estudiante, cuyo niombre omito, asesinó a otro y lesionó a un trabajador, en un acto que —según las primeras investigaciones— podría estar relacionado con un fenómeno global de odio virtual conocido como Incel (célibe involuntario).
No solo hay violencia hacia la mujer, narcomenudeo en los campus universitarios, ahora la violencia digital se volvió física, la frustración se transformó en crimen y, en los días posteriores, una serie de llamadas anónimas anunciando explosivos desató el caos en facultades, preparatorias y centros de investigación. Hasta ahora, las autoridades reportan 16 falsas alarmas.
El problema no se reduce a los autores de esas llamadas, que sin duda deben ser localizados y sancionados. Lo preocupante es el clima de ansiedad y miedo que se instaló en la máxima casa de estudios del país. Los estudiantes no sólo dejaron de asistir a clases: dejaron de sentirse seguros en un espacio que históricamente ha simbolizado libertad, pensamiento crítico y refugio intelectual. La violencia simbólica —esa que se propaga desde los foros digitales— terminó invadiendo los pasillos universitarios.
El rector Leonardo Lomelí tiene ante sí un desafío importante. No basta con reforzar la seguridad física de los planteles; debe garantizar también la seguridad emocional y psicológica de la comunidad universitaria. La UNAM necesita nuevos protocolos de prevención, detección y atención a conductas violentas y antisociales surgidas en el entorno digital. La salud mental debe ser tratada como una prioridad académica, no como un tema secundario o burocrático.
La coordinación con las autoridades capitalinas es indispensable, pero no suficiente. La universidad debe liderar, desde su autoridad moral e intelectual, una reflexión nacional sobre los efectos del aislamiento digital, el ciberacoso y la violencia simbólica. Lo que hoy ocurre en la UNAM es un espejo de la sociedad mexicana: un país que debe aprender a escuchar a sus jóvenes antes de que la desesperación, la frustración o el anonimato se conviertan en detonadores de miedo colectivo.
Porque cuando una universidad se paraliza por el terror, no sólo se detienen las clases: se interrumpe el pensamiento, y con él, el futuro mismo del país. Eso pienso yo, usted qué opina. La política es de bronce.
Por Onel Ortiz Fragoso
@onelortiz
https://youtu.be/iDFMzlgCQpA?si=tmkF2zbcxplth32C